"No son los hechos los que estremecen a los hombres, sino las palabras sobre los hechos" (Epicteto)

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28 de enero de 2013

Goodbye Cameron


Anuncia David Cameron que si Bruselas no le da lo que pide se va de la Unión Europea. Ha diseñado incluso lo que podríamos llamar una hoja de ruta para dar la espantada si no consigue sus objetivos: si gana las elecciones que se celebrarán dentro de dos años, a los dos años siguientes convocará una referéndum para que los británicos decidan si quieren seguir o marcharse. 

A Cameron es evidente que le aprietan las pantuflas de andar por casa – recesión económica, caída de la popularidad, aumento del euroescepticismo como consecuencia de la crisis – y no ha dudado en culpar a Bruselas de sus males domésticos. Salvando todas las distancias que se quieran, su reacción es muy similar a la de Artur Mas en Cataluña: si no me das lo que te pido me voy de casa y me establezco por libre. El Reino Unido entró en la Unión Europea hace cuarenta año y desde entonces no ha dejado de incordiar al resto de los socios con sus reclamaciones de trato diferenciado. 

Con mayor o menor intensidad, los sucesivos gobiernos británicos siempre han presionado para que el club del que son socios les permita quedarse con los acuerdos que mejor les vayan a sus intereses y rechazar los que les perjudiquen. Olvidan interesadamente que cuando se forma parte de un club se aceptan automáticamente todas sus reglas y sus decisiones. No es de recibo presionar al resto de los socios del club para que nos reconozcan privilegios que no se le reconocen a nadie más pero que nosotros reclamamos en razón a no se sabe bien qué derechos o singularidades. 

Al igual que Mas en Cataluña, Cameron puede haberse metido en un callejón de difícil salida con su órdago sobre el referéndum. En primer lugar tendrá que ganar las elecciones y eso es algo que a estas alturas nadie está en condiciones de asegurar. En el caso de que se cumpliera la primera premisa y de que sus negociaciones con Bruselas no salieran a su gusto, se vería obligado a convocar ese referéndum a pesar de lo cual tampoco está escrito que triunfe la opción de abandonar la UE. Además de la incertidumbre económica para el Reino Unido que su apuesta ya está generando, cinco años son una eternidad en política y la apuesta de Cameron por la salida de la UE huele de lejos a campaña electoral adelantada. En su derecho está de empezar a pedirle el voto a los euroescépticos británicos si así lo estima oportuno, aunque lo que en realidad pretenda sea desviar el debate público sobre la crisis y las medidas para afrontarla hacia  lo ineficaz que es la Unión Europea y lo poco que comprende las justas aspiraciones del Reino Unido. Es la conocida estrategia de los malos políticos, culpar a un enemigo externo de la propia incompetencia. 

Bien es cierto que la Unión Europea no pasa por su mejor momento, más bien todo lo contrario, a pesar del esperpéntico Nobel de la Paz del año pasado. La crisis y la manera de afrontarla, con la práctica totalidad de los socios del club plegados al austericidio impuesto por Merkel, ha disparado el euroescepticismo en el viejo continente. Ante la hora más crítica de la Unión Europea, Cameron no es capaz de aportar una sola idea constructiva que le permita al club del que forma parte superar sus dificultades y avanzar hacia una Europa menos pendiente de la suerte de los bancos y más de la cohesión, el empleo y la equidad social.

A Cameron nada de eso le preocupa lo más mínimo; lo que en realidad le quita el sueño es que Bruselas le toque el gran chiringuito financiero de la City londinense y que no pueda ser al mismo tiempo el muerto en el entierro, el novio en la boda y el niño en el bautizo. Al margen  de quién gana o pierde más con una eventual salida del Reino Unido de la Unión Europea – es evidente que ambas partes pierden – lo que ya resulta cansino e incluso intolerable es que en esta comprometida situación haya que soportar a un socio tan díscolo e insolidario como el Reino Unido. Con la misma libertad con la que entró se puede ir cuando quiera, para lo cual, hasta Francia se ha ofrecido con muy mala uva a extenderle la alfombra roja. Un dolor de cabeza menos que tendríamos.      

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