"No son los hechos los que estremecen a los hombres, sino las palabras sobre los hechos" (Epicteto)

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21 de febrero de 2013

Marciano Rajoy en el Congreso

Un señor con barba que dijo llamarse Mariano Rajoy y ser el presidente del Gobierno de España aterrizó ayer en el Congreso de los Diputados y habló largo y tendido sobre el estado de la nación. En un primer momento pensé que igual decía algo interesante sobre un asunto tan delicado y me quedé a escuchar su discurso con la máxima atención. Sin embargo, sólo habían pasado unos minutos cuando me dio por sospechar que aquel señor no era quien decía ser, que acababa de aterrizar procedente de otro planeta y que las cosas que decía no se referían al estado de la nación de la que aseguraba ser el presidente.

Eso sí, antes de aterrizar se pertrechó de unos cuantos datos terribles que lanzó a bocajarro como para sobrecoger a los terrícolas hispanos que le escuchaban y justificar lo que iba a decir a continuación. Fue a partir de ese momento cuando se me metió en la cabeza que se había producido un error en el aterrizaje y que aquel señor se refería a otro país o, tal vez, a otro planeta. Una buena parte de su intervención la dedicó a culpar a unos malvados terrícolas de apellido socialista que – dijo – habían gobernado antes que él y habían dejado al país hecho unos zorros.

¿Señala Bárcenas la procedencia de Rajoy?
Dijo también que gracias a su providencial llegada al gobierno se ha superado la catástrofe y se puede mirar al futuro con más tranquilidad aunque sin relajar ni un minuto la tensión de las reformas. Un sudor frío me recorrió todo el cuerpo. Después aturdió a los terrícolas que escuchaban sus palabras con una ristra de más reformas de segunda generación cuyo objetivo – dijo – es crecer y crear empleo. Tuve la sensación de que todo aquello lo había escuchado muchas veces  a la misma persona que decía ser el presidente del Gobierno. En cualquier caso seguí atento a la pantalla.


Reconoció que no ha cumplido su programa electoral porque, según dijo, una realidad desconocida se lo ha impedido - ¿otros extraterrestres, tal vez? - pero se ufanó de haber cumplido con su deber. Yo había oído hablar mucho en los últimos tiempos de lo dañina que estaba siendo la reforma laboral para el empleo, de los injustos recortes en sanidad, educación y justicia y de los atropellos que cometían los bancos con quienes no pueden pagar las hipotecas. Me llamó mucho la atención que no mencionara nada de esto y, aunque mis sospechas de que aquel señor era un marciano disfrazado de presidente del Gobierno iban en aumento, yo ya estaba tan hipnotizado que me era imposible desconectar.

Vino a hablar luego de una cosa muy fea a la que los terrícolas hispanos llaman corrupción tapándose la nariz. Habló del asunto en términos muy generales y no mencionó en ningún momento a un tal Luis Bárcenas que está estos días en todos los papeles en los que, según dicen, untó con sobres a la mitad de la cúpula del partido, incluido al que al parecer es su presidente y casualmente se llama también Mariano Rajoy. Aquí se disipó cualquier duda de que este señor no era quien decía ser y no hablaba del país del que decía hablar. Lo cierto es que anunció también muchas medidas para acabar con esa cosa tan fea y hasta se ofreció para pactarlas con los incrédulos terrícolas de la oposición.

Estos respondieron después a sus palabras reprochándole mucho que no hubiese hablado del tal Bárcenas y de eso tan feo llamado corrupción en su partido. Uno de ellos que dijo llamarse Alfredo Pérez Rubalcaba, el más feroz de todos y con una cierta pinta también de no ser completamente de este mundo, le echó en cara la pobreza que sufren los terrícolas hispanos por sus injustas medidas así como su pertinaz negativa a aclarar las cosas feas que ocurren en su partido. Le pidió incluso su dimisión pero el marciano que decía ser presidente del Gobierno le respondió con “y tu más” y el asunto quedó en tablas.

Apagué la tele confundido y salí a la calle temiendo que el país hubiese sido invadido por marcianos. Por suerte o por desgracia no encontré a ninguno pero aún tengo el susto en el cuerpo.

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