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Colón bien vale un oasis

Que Cristóbal Colón decidiera echar el ancla por la zona de las dunas de Maspalomas para hacer aguada y recoger leña antes de continuar rumbo a las Indias ha resultado ser providencial, aunque sea 500 años después, para salvar lo poco que ha quedado del oasis de aquel lugar. Aunque un poco traído por el cogollo de las palmeras que la adornan, el argumento le ha servido al Cabildo de Gran Canaria para declarar sitio histórico toda la zona y evitar el deterioro irreversible y definitivo de un paraje único en el mundo.

Lástima que los responsables insulares no tuviera presente ese dato histórico hace casi medio siglo cuando el palmeral se convirtió en un coto privado para uso y disfrute particular que lo ha llevado a la situación actual de degradación de la que, no obstante, aún es posible recuperarlo. La decisión del Cabildo, un tanto tardía y algo rebuscada si se quiere, ha puesto de los nervios a quienes sólo ven en los hermosos paisajes de esta tierra oportunidades de negocio privado envueltas en el papel de colores de la inversión y el empleo que supuestamente nos iba a hacer a todos asquerosamente ricos.

La desidia, la insensibilidad y las triquiñuelas legales de todas las administraciones públicas, puede que en muchos casos bien alimentadas con comisiones por debajo de la mesa, han permitido que el truco haya funcionado a la perfección, como puede comprobarse con sólo darse una vuelta por las costas del sur de Gran Canaria. La más ofendida por la decisión del Cabildo ha sido la cadena hotelera Riu, propietaria del hotel Oasis, un establecimiento enclavado en medio de un palmeral cuya construcción nunca debió tolerarse por mucho que los arquitectos lo “integraran a la perfección” en el paisaje de la zona.


Al conocer que quedan en suspenso sus planes para derribar el hotel y levantar un mastodonte que arrasa con aquel bello paraje, ha montado en cólera y ha decidido reabrir el establecimiento que había cerrado días atrás porque, según la misma compañía aseguró hace poco para justificar sus planes palmericidas, se estaba cayendo a cachos. En paralelo ha anunciado recursos contra la decisión del Cabildo y peticiones de indemnización por no poder ejecutar las licencias de derribo y obra nueva que el ayuntamiento de San Bartolomé de Tirajana ya se había apresurado a aprobarle sin esperar a lo que decidiera el Cabildo.

De guinda y en un gesto de supina falta de elegancia y prepotencia, ha amenazado con invertir en Tenerife los 50 millones de euros previstos para levantar el nuevo hotel del oasis al que, de consumarse los planes de Riu, sólo le habría quedado apenas el nombre. Es cierto que no están los tiempos para perder inversiones que sirvan para mejorar el destino turístico. Otra cosa bien distinta es que lo que Riu pretendía hacer en esa zona con un mamotreto hotelero que perpetúa el uso privado de un espacio natural singular que nunca debió hurtarse al disfrute público, sirva para ese fin.

En aras de las inversiones, el empleo y el funesto desarrollismo se han cometido ya demasiadas tropelías en las costas de la Isla y, aún así, tenemos una de las tasas de paro más altas del país y uno de los litorales más degradados. Hace bien el Cabildo en pararle los pies a Riu y no debería ceder al chantaje y las amenazas que ahora esgrime para torcer su voluntad de rescatar lo que se pueda del oasis de Maspalomas, uno de los símbolos emblemáticos de la Isla.

La misma firmeza y determinación que debería mostrar también, por cierto, ante quienes planean un teleférico al Roque Nublo a pesar de que, al menos que se sepa, Colón nunca fue de senderismo por aquellos parajes igual de bellos que el oasis de Maspalomas.

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