"No son los hechos los que estremecen a los hombres, sino las palabras sobre los hechos" (Epicteto)

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27 de junio de 2013

Snowden: el espía que habló

Puede que en Hollywood tengan ya muy avanzado un guión sobre las peripecias del espía más famoso del mundo desde la época del inmortal Smiley de John Le Carré. Lo único que no pueden tener aún es el final de la película, dada la incertidumbre existente sobre el desenlace de la huida de Edward Snowden para escapar del largo brazo de Estados Unidos después de revelar a la prensa que millones de ciudadanos de todo el mundo estamos siendo espiados impunemente por los servicios de inteligencia norteamericanos y británicos con la connivencia cómplice de las grandes empresas de Internet.


Atrapado en tierra de nadie en un aeropuerto moscovita, las andanzas de este espía están haciendo revivir las novelas y películas de espionaje inspiradas en la Guerra Fría. Su fuga de Hawai a Hong Kong y posteriormente a Moscú para desde allí intentar volar a Cuba o tal vez a Ecuador ha provocado también no pocas preguntas sobre la coherencia de quien proclama defender la libertad de expresión y, sin embargo, encamina a sus pasos a países en donde ese derecho no existe o está muy cuestionado. 


En cualquier caso, la aventura de Snowden a la que la opinión pública mundial asiste en vivo y en directo desde hace casi una semana, ha elevado el tono de las declaraciones diplomáticas amenazantes de Estados Unidos a quien ose darle asilo. En paralelo y en secreto es más que seguro que esas mismas diplomacias y sus correspondientes servicios secretos están buscando ahora mismo conjuntamente la manera de resolver el caso de modo que parezca que nadie ha cedido y que cada cual se ha mantenido firme en sus respectivos principios. A la espera de que se escriba el capítulo final de la historia para saber si Snowden termina condenado por traición en Estados Unidos o refugiado de por vida en algún otro país, conviene no olvidar cuál es el verdadero telón de fondo dibujado por este espía arrepentido.

Sólo los muy ingenuos pueden ignorar que los servicios secretos de los países más poderosos del mundo espían a diario a sus ciudadanos y a los de cualquier otro país que puedan considerar estratégico para sus intereses. El espectacular avance de las nuevas tecnologías permite a las grandes potencias conocer todos y cada uno de los movimientos, acciones y pensamientos de millones de personas en todo el mundo. Para lograrlo basta con desarrollar sofisticados programas de espionaje y pagar a las grandes multinacionales de la red para que les permitan acceder a los servidores en los que se acumula toda esa información que los ciudadanos de a pie vamos dejando como un reguero de huellas a través de nuestras llamadas telefónicas, correos electrónicos, comentarios en las redes sociales o fotografías.

Las revelaciones de Snowden a la prensa nos han hecho despertar del sueño y millones de personas en todo el mundo hemos sido muy conscientes, tal vez por primera vez, de que el derecho a la intimidad en la era de Internet y las redes sociales no es más que un derecho ficticio. No existen fronteras que no puedan traspasar los servicios de inteligencia apoyados en las nuevas tecnologías ni existe posibilidad alguna, salvo desconectarse por completo de la red y tirar el móvil a la basura, de escapar a la vigilancia del nuevo Gran Hermano.

Los gobiernos ocultan que nos espían y cuando son descubiertos en falta nos garantizan que todo es legal y está bajo control, como ha hecho el decepcionante Obama tras conocerse las andanzas de sus servicios secretos. Los ciudadanos nos vemos convertidos así en meros objetivos del espionaje sin posibilidad alguna de defensa, sin capacidad para exigir que se respete nuestra intimidad y sin poder democrático alguno para decidir si estamos dispuestos o no a ceder un poco de nuestra libertad para garantizar la seguridad, como pidió también Obama con no poca hipocresía. El comité político que controla las operaciones es secreto, los jueces que las supervisan son secretos, la misma decisión de espiarnos es secreta y el uso que se da a la información recabada también lo es. Ningún poder democrático reconocible y público al que se le puedan exigir responsabilidades controla al controlador y a los ciudadanos sólo nos queda la opción de creer en quienes nos han engañado al espiarnos en secreto.

En resumen, lo que las filtraciones de Snowden a la prensa ponen de manifiesto es que Internet y las redes sociales tienen que regirse por el Derecho Internacional y dejar de ser la jungla en la que se han convertido. Derechos fundamentales de ciudadanos de todo el mundo se vulneran a diario saltándose cualquier tipo de control democrático. Puede sonar a utópico, pero es algo que quienes hemos hecho de estas poderosas tecnologías una útil herramienta de trabajo y comunicación no  debemos seguir tolerando.

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