"No son los hechos los que estremecen a los hombres, sino las palabras sobre los hechos" (Epicteto)

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9 de septiembre de 2013

Cierro paréntesis

Toca volver a la normal anormalidad en la que se desarrolla la vida en estos tiempos de incertidumbre y retomar el pulso de las cosas que nos pasan, intentando averiguar por qué nos pasan y cuáles son sus consecuencias. Creo que la recomendación es extrapolable a los promotores patrios de la candidatura olímpica madrileña, que acaban de regresar de Buenos Aires con el rabo entre piernas. Sinceramente, ni me enfría ni me calienta que los aros olímpicos se los haya quedado Tokio. Por tanto, no caeré en la tentación patriotera de atribuirlo todo a una conjura judeomasónica para arrebatarle a la Villa y Corte lo que esos mismos promotores daban por hecho antes de haber cazado la piel de los miembros del COI.

Del mismo modo me produce una enorme pereza intentar analizar las razones ocultas de la decisión de los olímpicos votantes, cuánto pesó la pasividad española ante el dopaje, los recelos que genera la situación económica del país o el escaso don de lenguas del presidente del Gobierno y la alcaldesa madrileña. Esa tarea se la cedo encantado a los analistas de guardia que desde el sábado por la noche intentan buscar explicaciones alambicadas a lo que se explica de manera muy sencilla: España no pinta apenas nada en el concierto internacional y el COI, además de los grandes intereses creados que alberga en su seno, no se fía de un país de segunda fila para organizar un encuentro deportivo en el que se mueven muchos miles de millones de dólares.

En cualquier caso, me da igual: a decir verdad, casi me siento aliviado con solo pensar que la derrota madrileña nos evitará meses de propaganda gubernamental sobre el prestigio de la maltrecha “marca España”, hoy más maltrecha que nunca, la salida ipso facto de la crisis gracias a los Juegos y el respeto que merece el país por esos mundos de Dios. 

Sólo por no escuchar a Rajoy y a los suyos usando las Olimpiadas para desviar la atención sobre el “caso Bárcenas”, el paro o el acoso y derribo del estado del bienestar al que se han entregado con pasión desmedida en estos últimos meses, me alegro de que las Olimpiadas se hayan ido a Tokio, aunque lo mismo me daría que se las hubiese quedado Estambul.

Me duele, eso sí, por los deportistas españoles, los únicos que representan con dignidad la “marca España” por el mundo; aunque no más que lo que me duelen los parados que no encuentran trabajo, los trabajadores que temen perder el suyo si no se someten a las condiciones leoninas que se les imponen, los pensionistas que verán su pensión aún más recortada, los hogares que lo han perdido todo o los estudiantes que no podrán acceder a la universidad salvo que sus familias tengan el riñón bien forrado.

Ellos sí tienen que hacer verdaderos esfuerzos olímpicos diarios para continuar adelante a pesar de todas las trabas que se les ponen en el camino y es muy improbable que unas olimpiadas dentro de siete años hubiesen servido para que mejorara en algo su situación a corto y medio plazo. Así que “a relaxing cup of café y leche”, que las Olimpiadas pueden esperar.

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