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El debate imposible

El Parlamento de Canarias acaba de perpetrar otro debate-del-estado-de-la-nacionalidad que seguramente ha dejado exhaustos a quienes lo han protagonizado, por no hablar de quienes por obligación profesional no hemos tenido más remedio que seguirlo hasta el final. Que los medios de comunicación sigan dedicando todos horas de emisión y páginas de prensa a glosar un debate como este es un misterio inexplicable que crece año a año.

La falta de conexión entre los discursos en la cámara y las preocupaciones cotidianas de los ciudadanos merecería ser estudiada a fondo por politólogos, sociólogos y hasta ingenieros de sonido. Esa ausencia de vinculación entre lo que se dice en el Parlamento y lo que se dice en la calle aleja cada vez más a la segunda del primero sin que nadie parezca con ganas ni ideas de ponerle remedio. En el mismo objetivo de estudio habría que situar también la sordera que preside las intervenciones por parte de los portavoces parlamentarios, de manera que la calle y los representantes políticos no se escuchan entre sí y estos tampoco entre ellos. Y lo llaman debate cuando deberían llamarlo diálogo cuadrafónico de sordos. 

Para empezar, las diez nuevas medidas que anunció el presidente autonómico en un discurso – río y que le llevaron dos horas, se pueden anunciar en 20 minutos al término de cualquier Consejo de Gobierno y dedicarle otros diez a precisar algún detalle. Máxime si mientras las desgranaba a su pausado ritmo, la mayor parte de sus señorías propias y adversarias wasapeaban, tuiteaban o feisbuqueban pero ni miraban ni escuchaban. De hecho, cuando llegó el debate de verdad ninguno de los portavoces apenas se refirió a ellas ni siquiera por equivocación. 

Y es que con discursos escritos de antemano es imposible el debate que tampoco se produce ni siquiera cuando en el cuerpo a cuerpo dialéctico el lenguaje se llena de tópicos y consignas de partido repetidas ad nauseam. Debatir en sentido político es confrontar ideas y puntos de vista. Sin embargo, de lo que en realidad se trata en este tipo de debates es de enfrentar estrategias partidistas y llegados a ese punto que nadie pida confrontación de ideas y mucho menos acuerdos.

El debate de la nacionalidad como el debate de la nación en el Congreso de los Diputados deberían ser, junto al de los presupuestos generales, las dos citas parlamentarias más importantes del año. En consecuencia deberían tener un formato que lo hiciera atractivo e interesante para los ciudadanos a los que supuestamente va dirigido, incluidos los propios parlamentarios. Sin embargo, en España y en Canarias estas citas políticas, tan importantes para los medios como superfluas para los ciudadanos, hace tiempo que han degenerado en una cansina escenificación teatral de posiciones políticas conocidas previamente hasta la saciedad.

Por no hablar del incumplimiento de esas propuestas de resolución en la que tanto ardor ponen los partidos para luego exhibirlas como efímeros triunfos políticos que apenas tardan unas horas en desaparecer en los cajones del olvido. De este modo tan poco estimulante ha concluido un nuevo debate-del-estado-de-la-nacionalidad canaria, cada uno se fue por donde vino y, como dijo el clásico, no hubo nada. Ni siquiera debate.

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