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Suárez y el bochorno nacional

Una semana despidiendo a Adolfo Suárez y cantando sus virtudes políticas y su papel clave en la Transición y en el último acto volvemos a dar la nota. En el más que funeral, sahumerio de Estado que ayer se le ofreció en la madrileña catedral de la Almudena volvieron a darse cita políticos de antaño y de hogaño apurando la ya estereotipada imagen de una unidad y un consenso de boquilla. No faltaron presidentes de comunidades autónomas, amplio cuerpo diplomático y hasta un jefe de estado. Nada menos que ese democrático presidente guineano llamado Teodoro Obiang que no quiso perderse el histórico acontecimiento. 

Estaba de paso hacia Bruselas para hablar del español en el Instituto Cervantes por invitación de no se sabe quién, tal vez del bedel, y se dijo que por qué no pasarse por la catedral de la ex metrópoli para saludar a algunos viejos amigos y darse un baño de reconfortante democracia. Y allá que fue, aunque para desconsuelo de los que seguimos de cerca con incansable entusiasmo los avances económicos y sociales en su país no nos han quedado para el recuerdo ni una triste fotografía ni una pobre imagen de este líder mundial saludando al rey o a Rajoy. Una verdadera lástima, de verdad. 

Con todo no fue Obiang el único que protagonizó una de las notas más discordantes de la celebración. Ese mérito le correspondió por derecho propio al cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, otro dechado de tolerancia y virtudes democráticas que, a pesar de haber sido apeado hace poco de la presidencia de la Conferencia Episcopal, no hay forma de bajarlo de un púlpito. 

Desde allí y sin que se sepa tampoco la razón por la que se le ha vuelto a dar vela en ese entierro de Estado, se atrevió el cardenal a agitar los fantasmas del pasado y a advertir sobre los riesgos de que en España volvamos un día de estos a las manos o algo mucho peor. No es improbable que el prelado se encontrara abducido por el espíritu del 75 aniversario del 1 de abril de 1939 que se cumple hoy, cuando, “cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares”

Despreciando la historia sobre el origen de la guerra civil y sobre quienes la iniciaron y se perpetuaron durante cuarenta años en el poder a base de sangre y fuego pero, sobre todo, haciendo un soberano corte de mangas al espíritu del personaje al que se le rendía homenaje, Rouco Varela aventó los temores de aquella contienda  por la que personajes como él parecen tener una malsana añoranza y enterró sin oración ni confesión el espíritu de la Transición y el fin de las dos Españas de las que hablara Machado. 

No contento con adentrarse en un asunto sobre el que mejor debería guardar silencio dado el entusiasmo con el que la Iglesia Católica de la que es alto representante apoyó la “cruzada nacional”, el cardenal remató la faena con la interpretación nada menos que del himno nacional en el órgano de la catedral en todo un funeral de Estado en un país presuntamente aconfesional. Sólo faltó la voz tronante desde el más allá de aquel cardenal fascista llamado Isidro Gomá que, con la guerra civil terminada, pedía a Franco que la contienda no acabara en arreglo o reconciliación sino que llevara las hostilidades hasta obtener la victoria sobre “los rojos” por la punta de la espada. 

En realidad no era necesario, ya está Rouco para recuperar y poner al día su espíritu y su pensamiento. Cabe pensar que si Suárez levantara la cabeza en su fría tumba de Ávila solo podría sentir bochorno y vergüenza de que se utilice su labor al frente del país en los daños más duros de la historia reciente para volver a alimentar el miedo entre los españoles. Tal vez hasta pusiera su epitafio entre interrogantes y se preguntara si la concordia realmente fue posible. 

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