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Cambio climático: largo me lo fiáis

Puedo parecer agorero y derrotista pero lo expreso como lo siento: nada espero de la cumbre sobre cambio climático que mañana se inicia en la ONU. Apenas nada se ha avanzado después de las cumbres pasadas, caso de la que se celebró en Copenhage hace cinco años y que se saldó con un sonoro fracaso, y no hay indicio alguno que permita abrigar esperanzas de que en esta va a ser distinto. Las cumbres sobre cambio climático, al igual que las que tienen como eje central la crisis económica, son poco más que un gran escenario mediático en donde los líderes mundiales leen hermosos discursos llenos de promesas que nunca han pensado cumplir. Así ha sido hasta ahora y así va a seguir siendo por desgracia para este castigado planeta y para las generaciones presentes y venideras, a las que les dejaremos un mundo cada día más inhóspito e inhabitable. 

Que la lucha contra el cambio climático es tarea de todos, gobiernos que actúen y ciudadanos que asuman la necesidad de modificar hábitos y pautas de consumo, es algo que está fuera de dudas. Sólo con la labor coordinada de los gobiernos y con el apoyo de sus ciudadanos, marcando objetivos ambiciosos  es posible hacer frente a un proceso a cada día que pasa más irreversible. Sin embargo, esa misma imperiosa necesidad es también la excusa perfecta para que la inmensa mayoría de los gobiernos se escuden en el inmovilismo de los otros para no hacer nada al respecto. ¿Si Rusia, India, China o los Estados Unidos no reducen sus emisiones de CO2 a la atmósfera por qué habría de hacerlo España, por poner sólo un ejemplo? ¿Y por qué habrían de hacerlo economías muchos más atrasadas que las citadas si no lo hacen las grandes y poderosas?

Si a mediados de la década pasada la lucha contra el cambio climático era una reivindicación ampliamente sentida y apoyada por una inmensa mayoría de ciudadanos en todo el mundo, a raíz de la crisis económica a la gente le importa mucho más llegar a fin de mes o no perder el empleo que preocuparse por lo que pueda pasar en un futuro más o menos próximo con el clima global. Los gobiernos de algunos de los países que más emisiones lanzan a la atmósfera se escudaron también en la crisis para no acometer acciones contra el calentamiento global alegando que restaba competitividad a sus economías. 

En definitiva, todos hemos bajado la guardia y la voz para exigir medidas eficaces contra este problema, lo que le ha venido muy bien a los gobiernos para instalarse en el inmovilismo y en las promesas hueras. El ejemplo más palpable y cercano lo podemos encontrar en España, en donde la manifestación de ayer en Madrid a favor de acciones contundentes que frenen el deterioro del planeta apenas mereció la atención de medio millar de personas. En Nueva York, en cambio, fueron más de 300.000 las que salieron a la calle, lo que pone de manifiesto que los ciudadanos de la vieja Europa, acogotados desde hace años por una crisis interminable, ya no tienen entre sus principales preocupaciones el legado medioambiental que le dejarán a sus hijos y nietos. 

Así se entiende también que en España, el Ministerio de Industria se sienta con las manos libres para decir una cosa y hacer la contraria: por un lado asegura que trabaja para impulsar las energías renovables y por otro las castiga con la supresión de las primas a la producción eléctrica con fuentes limpias. De propina le da todas las facilidades a una petrolera privada como Repsol para que haga prospecciones en Canarias y ponga en riesgo biodiversidad, agua desalada e industria turística. No le va a la saga una Unión Europea sin política clara y consensuada sobre cambio climático y que ahora acaba de entregarle la cartera sobre la materia a un político como Arias Cañete, hasta el otro día propietario de acciones en dos compañías relacionadas con el sector petrolero y que ahora vende a la carrera para que no le saquen los colores en el Parlamento Europeo. 

Lo más dramático de la situación es que la profunda transformación que está experimentando el planeta no se va a detener a la espera de que los líderes mundiales se pongan algún día de acuerdo y adopten medidas valientes para luchar contra el cambio climático y sus efectos. Las cifras revelan que los desastres naturales ya generan tres veces más refugiados que los conflictos bélicos y los científicos advierten de que como para 2020 no haya sobre la mesa acciones concretas que recorten de manera drástica las emisiones contaminantes a la atmósfera se superarán niveles considerados muy peligrosos. 

Sin embargo, como en tantas otras cosas, también en la lucha contra el cambio climático se avanza a paso de tortuga que, en este caso, es como caminar hacia atrás. Así, las conclusiones que salgan de la cumbre que se inicia mañana en Nueva York y en la que no estarán presentes los primeros ministros de algunos países que como Rusia tienen mucho que decir y hacer en este asunto, se trasladarán a otro encuentro mundial previsto para finales de este año en Lima al que seguirá otro dentro de un año en París. ¡Cuán largo me lo fiáis!

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