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Reforma abortada

Como buen gallego que es, Rajoy sabe muy bien cuando se aproxima temporal y no conviene hacerse a la mar. Desde su atalaya de La Moncloa el presidente ha oteado el horizonte y parece haber llegado a la conclusión de que no está el oleaje para muchas audacias: las negras orejas del lobo de las urnas se atisban ya en el horizonte del calendario y no es el momento de soliviantar más al electorado, incluido el suyo. Varios hechos vienen a confirmar esta percepción. Después de iniciar el curso político dándose un breve garbeo con Angela Merkel por el Camino de Santiago y pedirle algún cargo para los suyos en la Unión Europea, Rajoy dijo aquello de que la economía española ha dejado atrás los “brotes verdes” y ya “tiene raíces vigorosas”. 

Nada más sobre economía ha dicho el presidente y ninguna “reforma estructural” de calado aparece de momento en su agenda de aquí a las elecciones de mayo y a las generales de noviembre. Parece que, por ahora, se acabaron los viernes de dolor en los que el Consejo de Ministros salía a “reforma estructural” – vulgo recortes - por reunión. Y da igual que las pidan el Fondo Monetario Internacional, la UE o la OCDE, organismos a los que no urgen en absoluto los periodos electorales sino la obligación de presionar a los gobiernos de turno para que hagan los “deberes” que exigen “los mercados”. Ahora que la prima de riesgo duerme la siesta, la respuesta ante esas demandas de más reformas es el silencio o, en el mejor de los casos, que ya se han hecho y “están dando buenos resultados”. 

El acento de la gestión de aquí a las elecciones quiere ponerlo ahora el Gobierno en la regeneración, esa palabra con la que todos se llenan últimamente la boca y que a fuerza de uso y abuso acabará por convertirse en un slogan vacío de contenido como no se pase de una vez de la teoría a la práctica y se deje de marear la perdiz. 

Tres años después de llegar a La Moncloa y cuando soplan vientos electorales poco propicios para el PP, a Rajoy le han entrado las prisas por regenerar la democracia. Sin embargo, la propuesta estrella de esa regeneración, la elección directa de alcaldes, ha quedado de momento aparcada dado el rechazo unánime de la oposición a tragar con una rueda de molino pensada por los populares para salvar de la quema algunas de sus plazas fuertes. Seguir adelante con ella en solitario y contra viento y marea habría sido un desprecio al más mínimo consenso en asunto de tanta enjundia y, sobre todo, una decisión que se da de bruces con la regeneración política que el PP dice defender al menos de boquilla. Salvo improbable acuerdo con el PSOE, que insiste en no negociar sobre este asunto antes de las elecciones, tendrán que arreglárselas como puedan los alcaldes populares y de otras formaciones que ven peligrar en las encuestas su continuidad en el puesto. 

Otra reforma estrella del Gobierno y mucho más polémica si cabe que la anterior, la del aborto, lleva también camino de ir a parar a un cajón del despacho del ministro Gallardón a la espera de tiempos más propicios. Todo hace indicar que Rajoy no dará luz verde a una modificación de la Ley del Aborto que la sociedad no demandaba y que retrotrae la cuestión a los tiempos del franquismo al criminaliza a las mujeres y desandar todo el camino andado hasta ahora. Además de las críticas unánimes a la reforma por parte del resto del arco parlamentario, de organizaciones profesionales relacionadas con la sanidad o la justicia y de una inmensa mayoría de la sociedad que no ve la necesidad de esa modificación pensada en último extremo para satisfacer a la Conferencia Episcopal y a los sectores más rancios de la derecha española, en su mismo partido son numerosas las voces que le han pedido que la retire o que la suavice para consensuarla con la oposición. 

A Gallardón, que en julio aseguró muy convencido que la reforma se aprobaría en el Consejo de Ministros antes de que terminara septiembre, se le acaba el tiempo para ver su gran sueño legislativo cumplido. En algunos foros se especula ya con la posibilidad de su dimisión si finalmente Rajoy decide que no toca reabrir en las Cortes y en la calle el debate sobre un asunto de alta sensibilidad social y política coincidiendo con la precampaña y la campaña electoral que tenemos casi a las puertas. En los cálculos electorales del presidente seguramente pesa mucho más el riesgo de perder cientos de miles de votos que a un ministro de Justicia. O como diría un marinero paisano de Rajoy: no salgas de puerto si las nubes no corren con el viento. 

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