"No son los hechos los que estremecen a los hombres, sino las palabras sobre los hechos" (Epicteto)

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20 de octubre de 2014

Las prisas del pequeño Nicolás

En un país como España, de larga tradición picaresca, a nadie debería asombrarle demasiado las andanzas del “pequeño Nicolás” que estos días es la comidilla de redes sociales y otros medios de comunicación. Francisco Nicolás Gómez-Iglesias no es otra cosa que un elemento inseparable de la marca España, el fruto de un país de no pocos pillos redomados que, aunque parezca que confunden la realidad con la ficción, saben muy bien lo que hacen. Se pregunta todo el mundo cómo es posible que este individuo con pinta de mosquita muerta se colara incluso en una audiencia real y pasara el correspondiente besamanos sin que a nadie le llamara demasiado la atención ni se preguntara quién era aquel chaval ni qué pintaba en semejante acto. 

La policía sólo se puso tras sus pasos cuando el pequeño Nicolás quiso hacer valer sus contactos y pidió dinero por intermediar en la venta de una propiedad o echarle una mano judicial a Jordi Pujol, para lo cual se hizo pasar por agente del CNI. O fue demasiado lejos o dio el paso decisivo de obtener rédito económico por sus contactos de alta gama demasiado pronto. De haberse conformado de momento con salir en las fotos junto a políticos y empresarios y haber esperado un poco para colarse en alguna lista electoral, tal vez no habríamos tardado mucho en verlo presidiendo el Consejo de Ministros o en el sillón azul del Congreso como una suerte de nuevo Zelig. 

De verdad, cuesta creer que en la mismísima Casa Real creyeran que el pequeño Nicolás, con su aspecto atildado de no haber roto nunca un plato, era asesor de la vicepresidenta del Gobierno. Mucho más difícil aún es tragarse que era nada menos que espía del CNI, pero también pasó por tal. Lo cierto es que consiguió engañar a todo el mundo, como ponen de manifiesto sus fotos con Aznar, Esperanza Aguirre, Ana Botella o el mismísimo Felipe VI. Hasta la jueza ante la que fue conducido tras la detención se declaró perpleja por la habilidad del pequeño Nicolás para hacer creer a todo el mundo que era lo que no era. Intentando explicárselo, el informe forense concluyó que Nicolás padece una especie de megalomanía que le lleva a confundir la realidad con la ficción. Puede ser, pero no me calentaría demasiado la cabeza intentando encontrarle una explicación científica a las divertidas andanzas del pequeño Nicolás. 

Lo único que ha hecho es copiar los modelos de comportamiento social que ha aprendido con mucho provecho desde que comenzó a militar en las Nuevas Generaciones del PP. Allí debió descubrir que en el mundo de la política y los negocios, si no tienes padrinos mueres pagano. Sacó la conclusión de que el camino directo para el éxito es rodearse de los mejores padrinos para medrar y sacar tajada. Tampoco es tan escandaloso: otros muchos lo han hecho y lo sigue haciendo aunque no desde edades tan tiernas como la del pequeño Nicolás. Y es precisamente eso, que todos han hecho, hacen o piensan hacer lo mismo, lo que explica que nadie se atreviera a preguntarse en voz alta de dónde había salido este pillastre que tan buenas agarraderas aseguraba tener. 

En realidad, este chico no es más que un tipo precoz y espabilado que aprendió pronto y con calificación sobresaliente en qué círculos hay que moverse si quieres llegar a ser alguien con influencias en esta vida. Una vez bien pertrechado de sus supuestos contactos en las más altas esferas el siguiente paso caía por su propio peso: sacarle rentabilidad económica. Ese fue su error, no esperar un poco más para poder hacerlo con todas las garantías de que si lo pillaban con el carrito de los helados como a un Rato o a un Blesa cualquiera a nadie se le iba a ocurrir detenerlo, encerrarlo o expulsarlo del partido sin antes al menos haber escuchado atentamente sus argumentos y buscarle una salida digna. 

Entonces sus mentiras habrían gozado de toda la credibilidad de sus compañeros y jefes de filas y el pequeño Nicolás podría haber seguido medrando a placer. Lección de paciencia que deben aprender sin tardanza todos los pícaros que andan sueltos por este país y que se estén planteando seguir sus pasos: no hay que hacer de prisa lo que es para siempre.

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