"No son los hechos los que estremecen a los hombres, sino las palabras sobre los hechos" (Epicteto)

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26 de julio de 2016

Triste país

Triste país el mío: llevamos más de medio año sin gobierno y a casi nadie le importa. La última encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas desvelaba incluso que el raquítico porcentaje de ciudadanos preocupados por la ausencia de gobierno en plenitud de funciones había bajado con respecto al estudio anterior. Pero no es eso lo más triste, con ser muy descorazonador que a la inmensa mayoría de los españoles les deje completamente indiferentes quién y cómo decide sobre sus vidas y sus  haciendas. 

Lo más triste es que el partido llamado a gobernar porque ganó las últimas elecciones mejorando incluso los resultado de las anteriores se sentará en el banquillo de los acusados por destruir deliberadamente pruebas de su presunta financiación irregular. Eso sí que es terrible porque ilustra con claridad que los responsables del partido que nos quiere gobernar, empezando por su presidente, y que tendría todas las bendiciones democráticas para hacerlo, actúa supuestamente con absoluto desprecio por las leyes positivas y por las de la decencia política más elemental. 

Noticias como la del procesamiento de los responsables de borrar a martillazos los ordenadores del PP para presuntamente hacer desaparecer las pruebas de la caja B, no hacen sino emponzoñar más el ambiente político y dar argumentos a quienes defienden que el partido que quiere gobernar y quien lo preside no son dignos de confianza ni apoyo. De este modo, el panorama parece tan agotado y falto de espíritu constructivo que después de un mes desde las elecciones vivimos una situación de bloqueo muy similar a la de la anterior legislatura e incluso más enquistada. En la anterior hubo al menos algún intento de conformar una mayoría parlamentaria y hasta se suscribió un acuerdo de gobierno que, al parecer, ya no tiene ninguna utilidad para nadie. ¡Qué pronto se guardan en un cajón en España por parte de algunos las grandes promesas, los acuerdos transformadores, las reformas inaplazables, la regeneración política, la lealtad a la letra y al espíritu de los compromisos!  

A la vista está que los partidos no fueron sinceros cuando tras las pasadas elecciones prometieron que no se repetiría la situación de bloqueo. Si lo hubieran sido al día siguiente de las elecciones habrían desplegado sus equipos negociadores y a estas alturas habría un gobierno ocupándose de elaborar unos presupuestos para el año que viene, negociando con todos los partidos, con los sindicatos y con los empresarios cómo garantizar el futuro de las pensiones, presionando en Bruselas, en París y en Berlín para que la sanción por déficit excesivo quede en apenas tirón de orejas. 

Habría un gobierno  buscando un verdadero pacto de estado por la educación, sentando las bases para mejorar la financiación autonómica y abordando una verdadera reforma fiscal que acabe con los parches electorales tan del gusto de Montoro. En pocas palabras, habría un gobierno discutiendo con todos y buscando acuerdos con todos sobre lo que debe hacerse y cómo debe hacerse. Puede sonar a utópico o ingenuo pero cada vez detesto más el politiqueo tacticista y cortoplacista y echo más en falta una verdadera voluntad política de acordar para avanzar. Es frustrante ver en qué ha derivado la política en un país que hace 40 años, cuando apenas empezaba a salir del largo túnel de la dictadura, fue capaz de acordar una Constitución democrática que obligó a todos a dejar a un lado principios preciosos. Hoy, en cambio, no sólo no es capaz de conformar un gobierno sino de ponerse acuerdo para nombrar a un presidente. 

Todos, sin excepción, se agarran a sus programas electorales, nadie parece dispuesto a renunciar ni a una coma para propiciar el acuerdo por por poco importante que parezca. A lo mejor esa es la clave, que el avance sea lento, pasito a pasito, y no el vuelco "revolucionario" que preconizan quienes llegaron ayer a la escena política y han tenido que aprender en carne propia que el maximalismo y el intento de imponer de inmediato tus principios como si fueran los únicos válidos y verdadero te pueden llevar a un largo ostracismo en la oposición. En la actual situación y con las actitudes que estos días muestran unos y otros, no solo no avanzamos sino que en el mejor de los casos nos estancamos y en el peor retrocedemos: pasa el tiempo y los problemas se agravan sin que nadie los atiende ni se enfrenta a ellos. 

Y a nadie parece importarle lo más mínimo tal cosa o tal vez nadie quiere asumir que presentarse a unas elecciones no es un pasatiempo bien remunerado sino una responsabilidad con los ciudadanos y con la solución de sus problemas por la vía de buscar lo que une o acerca en lugar de anteponer lo que separa o aleja. No pueden los representantes políticos no ser conscientes  de que los españoles hemos votado con ese fin y no actuar en consecuencia. En resumen, triste país aquel en el que, como en España, los representantes políticos abdican sus responsabilidades en aras de intereses coyunturales y en el que los ciudadanos hemos abdicado a su vez de nuestra obligación cívica y permitimos que los corruptos sigan utilizando el término regenerarse en vano.

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