"No son los hechos los que estremecen a los hombres, sino las palabras sobre los hechos" (Epicteto)

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3 de octubre de 2016

El Comité de la división

He tenido que dejar pasar al menos 24 horas para recuperarme del pasmo y atreverme a escribir unas líneas sobre el explosivo Comité Federal que celebró el PSOE el sábado; aunque muy poco o nada era lo que tenían que celebrar entonces y, si eso es posible, menos tienen aún que celebrar hoy. Se podría decir, por decir algo positivo, que la situación es tan mala que es prácticamente imposible que empeore, aunque tampoco habría que descartarlo. Por tanto, y siendo muy optimistas, a partir de ahora sólo se puede y se debe mejorar para recuperar el diálogo roto y pisoteado y con él la posibilidad de volver a ser un partido que verdaderamente represente una alternativa a la derecha española. 

Cómo se consigue eso nadie lo sabe, ni siquiera quienes tienen en sus manos el marrón de sacar al PSOE de esta situación y conducirlo a un congreso en el que se elija nuevo secretario o secretaria general y se restañen las heridas abiertas. Parece evidente que si no se recompone la unidad masacrada a conciencia el sábado, el objetivo de que los ciudadanos vuelvan a ver en los socialistas una fuerza política en la que merezca la pena confiar se tornará completamente utópico.

Me reafirmo en lo que escribí el sábado antes del Comité Federal, el problema radica en que el PSOE vive una situación tan endiablada que, decida lo que decida en los próximos días, tendrá que pagar un alto precio político. A primera vista todo apunta a que la gestora que desde hoy dirige los inciertos destinos del socialismo español se decanta por una abstención para que Rajoy sea presidente del Gobierno, aunque cosa bien distinta es cómo gestionaría esa decisión sin romper más el partido de lo que está en estos momentos. No obstante, no es necesario leer demasiado entre líneas las declaraciones que ha hecho hoy el presidente de la gestora, el asturiano Javier Fernández, para llegar a esa conclusión. Alguien que dice que no es partidario de unas terceras elecciones y añade a renglón seguido que "abstenerse no es apoyar" es lo mismo que si dijera que blanco y en botella sólo puede ser leche. 


Lo dramático para el PSOE es que la otra alternativa, la de no facilitar la formación de gobierno, nos llevaría de cabeza a unas nuevas elecciones a las que los socialistas llegarían realmente fanés y descangallados para sufrir el que probablemente volvería a ser el peor resultado de su historia. El panorama se complica aún más si Mariano Rajoy echa cuentas de que a estas alturas de la situcación casi le viene mejor forzar las terceras elecciones que buscar la abstención de un partido roto por la mitad y descabezado. 

En ese contexto hay que enmarcar la rapidez con la que algún medio poco sospechoso de antigubernamental se ha lanzado a encargar la oportuna encuesta que le otorga al PP un notable incremento en el número de diputados que, unidos a los que obtendría Ciudadanos, bastarían para conformar una mayoría absoluta y aquí paz y después gloria. Es por tanto Rajoy el que vuelve a tener la sartén por el mango y el mango también, mientras los socialistas se lamen las heridas que insensatamente se han propinado en las últimas semanas y meses y, a su izquierda, Podemos toca ya con la punta de los dedos el ansiado sorpasso. 

Tengo la sensación de que muy poco o nada puede hacer ya el PSOE para escapar de una endiablada situación política que en gran medida ha contribuido a generar y que ahora se vuelve por completo en su contra. Tras el Comité Federal del sábado los socialistas ya no están en disposición de exigir nada a cambio de la abstención y el apoyo parlamentario a un Rajoy que ha vuelto a hacer buena su inveterada estrategia de que lo mejor para que los problemas se resuelvan es exactamente no hacer nada. 

Puede que, dadas las circunstancias y el panorama político, al PSOE sólo le quede en estos momentos la salida de poner el corto plazo electoral en un segundo plano y pensar en el medio y largo plazo: hacer balance de daños y ponerse cuanto antes manos a la obra de una refundación ideológica que debió haber emprendido hace mucho tiempo pero que ha ido aplazando urgido por las sucesivas citas electorales y la escasa capacidad de sus líderes - incluido el último -  para hincarle el diente a esa tarea. No es descabellado aventurar que si la hubiera hecho cuando tocaba hoy serían muy otras su situación y sus aspiraciones.  

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