Con La Palma

¿Qué se puede decir o escribir que no se haya dicho o escrito ya sobre los incendios, su prevención en épocas de calores extremos como la actual y el comportamiento irresponsable de quienes, pasándose todo eso por el arco del triunfo, enciende un fuego en el monte? Es difícil reflexionar sobre algo que de analizado y experimentado parece tan evidente que uno no encuentra qué decir cuando vuelve a ocurrir la tragedia.

Le está tocando desde ayer a La Palma, isla que suele sufrir con cierta frecuencia el azote del fuego: cuando no es porque alguien tiró unos voladores en una fiesta sin importarle que la temperatura a la sombra rebase los 40 grados es porque otro alguien tuvo la ocurrencia de quemar unos rastrojos o unos papeles, como acaba de ocurrir ahora. El caso y la desgracia es que casi siempre suele haber un alguien que por ignorancia o por cálculo criminal arrima la cerilla encendida al pasto reseco y pone a miles de personas en estado de ansiedad y riesgo y a lo que la Naturaleza ha tardado tal vez cientos  de años en crear al borde de la destrucción. 


Las consecuencias más inmediatas del último de estos actos son un trabajador forestal fallecido, casi un millar de personas desalojadas de sus hogares y otras tantas hectáreas de vegetación arrasadas por el fuego. Toca en primer lugar concentrarse en una tarea doble: atender a las personas desalojadas y combatir el fuego con todos los medios al alcance. Una vez atendido lo más urgente es prioritario esclarecer las causas del incendio y hacer recaer sobre el responsable toda la contundencia de la ley. Una ley que también en este tipo de casos es imprescindible que se aplique, además de con rigor, con razonable celeridad. 

Por poner un sólo ejemplo, es social y jurídicamente intolerable que, 9 años después, aún no se haya celebrado la vista oral del juicio contra al autor confeso - subrayo la palabra confeso - del incendio que en el verano de 2007 arrasó más de 20.000 hectáreas en la isla de Gran Canaria. Por no mencionar que buena parte de los afectados aún no ha cobrado las ayudas que a bombo y platillo prometieron los políticos de entonces sobre los rescoldos del fuego aún calientes.  Y como ese se podrían citar otros muchos ejemplos de exasperante lentitud judicial y adminisrativa a la hora de reparar jurídica y económicamente los daños causados. 

Y todo esto sin olvidar la principal premisa para minimizar el riesgo de incendios, esa que siempre se invoca por parte de casi todos pero que cada vez se incumple más: la limpieza de nuestros montes. En gran medida y sin restarle ni un gramo de responsabilidad a la mano del autor material, estos incendios serían mucho menos frecuentes o podrían combatirse con más éxito si se cumpliera algo tan elemental como no permitir que en el suelo del bosque se acumule el combustible que contribuye a hacer de un incendio un desastre natural sin paliativos. 

Esa, junto con la de ayudar a sus dueños a reparar los daños causados por el fuego en los bienes particulares, debería ser también la labor inaplazable para las administraciones públicas implicadas. Confiemos - sin mucha fe, la verdad -  en que de una vez empecemos en esta tierra a cambiar  la cultura política sobre los incendios o sobre las riadas en barrancos atascados por las construcciones, que esa es otra. De momento y a la espera de poder meter el incendio en cintura, sólo cabe expresar la solidaridad con La Palma, con su gente y con todos los que sienten que se les encoge de pena el corazón ante la destrucción inmisericorde que causa el fuego. 

Hoy como ayer

El tipo que traigo hoy a este espacio de citas veraniegas puede que sea el rey de los personajes más citados si de citas políticas hablamos. Da igual que lo que se cita proceda de su caletre, del de cualquier otro o sea cosa dudosa la paternidad de la cita en cuestión. Hablo de sir Winston Churchill, cuyos biógrafos aún se están preguntando de dónde demonios sacó tiempo para escribir todos los tochos de Historia que firmó y aún le sobró para ocupar varios puestos en la administración pública británica, incluido el de Primer Ministro de Su Graciosa Majestad en plena época de "sangre, sudor y lágrimas". 

No contento con todo eso se permitió además escribir unas memorias sobre la II Guerra Mundial de peso equivalente a las enciclopedias que teníamos que sostener de chicos, de rodillas y cara a la pared, cuando nos portábamos mal en la escuela. Por no hablar de los cuadros que también pintaba en sus "ratos libres" y que han corrido mucha peor suerte que sus citas: hoy nadie se acuerdo de ellos. 

Eso sí, los británicos, muy suyos ellos, le dieron la patada a pesar de que la contribución británica con él al mando fue decisiva para vencer a la Alemania de Hitler. Churchill fue todo un personaje, de esos que pasan a la Historia con mayúsculas, aunque no todo en él fue oro reluciente ni mucho menos. Uno de sus episodios más oscuros tuvo lugar en la India, en donde no hizo absolutamente nada para aliviar al menos la hambruna que acabó con la vida de 2,5 millones de personas en Bengala. Su cálculo pareció consistir en que los japoneses, que amenazaban con invadir aquel territorio, se lo encontraran vacío de toda vida y valor. 

Pero volviendo a sus frases redondas, Churchill  dejó para uso apropiado o inapropiado - eso depende de cada citador -  un buen ramillete de pensamientos, uno de los cuales es el elegido para esta sección veraniega. Describe a la perfección la actual situación política española y demuestra que el cortoplacismo y el tacticismo en política son males en gran medida inherentes al sistema democrático en todas las épocas, tanto en la de Churchill como en la de Rajoy (y perdón por la comparación).

"El político se convierte en estadista cuando empieza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones" 




De tronos y de posaderas

La cita veraniega de hoy se la he pedido prestada a un tipo singular para su época al que se le atribuye la paternidad del género del ensayo. Se llamó Michel de Montaigne y fue un señor francés con ascendencia judeoconversa aragonesa por parte de madre. 

Como correspondía a su posición social contaba con castillo señorial y todo, aunque eso no le impidió allá por el siglo XVI retirarse a la torre de su fortaleza para escribir una amplia serie de pequeños artículos que cuatro siglos después siguen plenamente en vigor. Titulados simplemente "Ensayos",  son una excelente compañía para el verano y para cualquier época del año y de la vida. 

Su lema fue "¿Qué sé yo?" o "¿Qué es lo que sé yo?", todo una declaración de principios frente a los ignorantes de entonces y de siempre que alardean de saber todo lo que hay que saber y más y que nunca se permiten la debilidad de la más mínima duda sobre nada de lo humano o lo divino.

Michel de Montaigne, como buen humanista admirador del mundo clásico, fue ante todo un escéptico consumado e incluso contrario a la necesidad de tener que contar con certezas para todo, la religión, la política, etc. Tal vez, si su punto de vista hubiera calado más hondo y echado raíces, el mundo se habría evitado no pocos fanatismos e intolerancias.

De sus muchos ensayos y de sus perspicaces pensamientos se podrían escribir otras tantas reflexiones y hasta nuevos ensayos completos. Hoy les voy a proponer una reflexión corta pero muy jugosa que habla de la humildad que deberían conservar siempre aquellos que se encumbran a lo más alto, sea en la política, en los negocios, el deporte o en cualquier otra actividad  de la vida y ya sea por méritos propios o ajenos. 

"Incluso en el trono más alto, uno se sienta siempre sobre sus propias posaderas" 

Son raros y por eso más dignos de elogio los casos en los que, alcanzada la meta máxima, no hay envanecimiento ni se hincha el pecho de orgullo como un globo; al contrario, en esos pocos casos se mantienen los pies en el suelo porque se es consciente de que el poder y la riqueza como vienen se pueden ir en cualquier momento y de nada se desprende uno con menos dolor que de aquello que ha amado o deseado menos.