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Rajoy se lo piensa

¿Será hoy? ¿Será mañana? ¿Será el Viernes Santo después del sermón de las Siete Palabras pronunciado por Rouco? ¿Será el último día de plazo poco antes de las 12 de la noche? Sólo el que tiene todo el poder para decidirlo lo sabe. Sólo Rajoy se reserva para cuando estime oportuno y conveniente anunciar el nombre de su candidato a las próximas elecciones europeas. ¿Será Arias Cañete? ¿Será Esperanza Aguirre? ¿Quién será el “elegido” por el dedo “rajoiano” para tan alta misión representativa del país en la lluviosa y fría Bruselas? Es cosa de Rajoy, dicen todos cuando se les pregunta. Y cuando se le pregunta a Rajoy dice, como ha hecho hoy: “no estoy encima del tema”, y se queda tan ancho. 

A mí me da igual, sinceramente. Es más, si Rajoy se despistara y no nombrara candidato a tiempo tampoco me rasgaría las vestiduras por ello. A quien elija, si finalmente elije a alguien, ni me parecerá bien ni me parecerá mal, no es mi problema. Allá se las entiendan los populares con su líder y con sus tiempos que, según sus hagiógrafos, nadie mide como Rajoy. Lo único que digo es que si los más de 36 millones de electores españoles llamados a depositar su voto en las urnas el 25 de mayo se toman la cita electoral con el mismo entusiasmo con el que parece tomársela Rajoy, la abstención merecerá pasar a los anales de la Historia y por supuesto a ese dechado de proezas ridículas que es el Libro Guinnes de los Récords. 

A mí quien de verdad me da pena es Elena Valenciano. Lleva la candidata socialista cerca de un mes como boxeador a ciegas, repartiendo leña sin ver al rival al que desea ardientemente atizarle unos cuantos derechazos en toda la mandíbula a ver si es capaz de tumbarlo en la lona. Como Rajoy no le ponga pronto a un adversario digno de estar a su altura esta mujer se nos desgastará y hasta puede que termine arrojando la toalla a un rincón del ring. ¿Cómo se puede pelear con el aire, con las sombras, con los fantasmas? Es agotador, de eso estoy seguro. 

En el resto de las formaciones políticas tampoco andan demasiado entusiasmados con las elecciones del 25 que todos parecen tomarse como un trámite engorroso que hay pasar cuanto antes. Sin embargo, para muchos analistas serán la prueba de fuego para saber cuánto han desgastado al PP sus políticas de austericidio y si el PSOE es capaz de darle un susto aunque sea más por deméritos ajenos que por méritos propios. 

Y tampoco veo yo en las cafeterías, parques y playas encendidos debates ciudadanos sobre la importancia de estas elecciones, por más que a los partidos se les llene la boca diciendo que son las más importantes y trascendentales desde que el mundo es mundo. No sé, puede ser y puede no ser. Lo que sí sé es que, si en las de 2009 ya costó esfuerzos sobrehumanos conseguir que fueran a votar el 46% de los electores, en las de este año será cosa de titanes alcanzar esa cifra. Entonces la crisis era incipiente y aún no campaba a sus anchas la lideresa de Berlín impartiendo doctrina y administrando aceite de ricino en forma de objetivos de déficit. Ahora la cosa es distinta: de aceite de ricino estamos todos ahítos y los resultados son que nos sigue doliendo la barriga mucho más que entonces. Bruselas y el resto de los países plegaron velas y dejaron hacer a Berlín, las instituciones comunitarias se perdieron entre la niebla de los mercados y a la soberanía nacional se la tragó el tusnami de las reformas y los ajustes. 

Los únicos que han conseguido sacar la cabeza han sido los bancos y las grandes corporaciones mientras al resto se nos siguen prometiendo brotes verdes y luces al final del túnel, entreverados de más reformas y ajustes. No hago proselitismo a favor de la abstención, que cada cual haga lo que crea y quiera. Sólo digo que me lo tendrán que explicar muy bien los candidatos para convencerme de que las cosas van a cambiar y que a partir de ahora la prioridad será rescatar a los ciudadanos. Aunque a lo peor ya es un poco tarde para convencernos por lo que, en lo que a mí respecta, puede tomarse Rajoy todo el tiempo del mundo para anunciarnos la buena nueva de su candidato.

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