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Encuesta que algo queda

Todo fue de color de rosa hasta que cerraron las urnas. Hasta ese momento mismo el mundo estaba cambiando para bien y España era ya un país mucho mejor, se tocaba el sorpasso con la punta de los dedos y era sólo cuestión de horas que se convirtiera en realidad y que los que lo estaban haciendo posible conquistaran por fin el cielo. 

La ilusión duró lo que duró la primera hora de recuento de votos y se comprobó que el verdadero sorpasso no vino de la izquierda transversal, transformadora y otros trans, sino de la derecha conservadora de toda la vida y más allá. Ella sí que adelantó como un bólido a los que embobados con las encuestas se creyeron por unos días los reyes del mambo. Luego ha venido el crujir de dientes y el preguntarse qué hemos hecho para merecer esto y nos hayamos dejado entre diciembre y junio más de un millón de votos por el camino. 

La culpa es de la alianza con IU que nos ha hecho aparecer como comunistas ante la gente y ante el PP, dicen unos, convencidos de que la pareja de hecho con Alberto Garzón no ha sumado sino todo lo contrario y de que al final tenían razón los que dijeron que en política dos y dos no siempre suman cuatro. Pues anda que el líder máximo lo arregló bien declarándose socialdemócrata de toda la vida y dando la idea de que tenemos una empanada ideológica digna de estudio, dijo una joven aunque sin mucha convicción.  No, la culpa es de la campaña que diseñó Errejón, dicen los de más allá, molestos porque al líder máximo sólo se le viera en programas de postureo en televisión y poco más mientras sus acólitos tenían que conformarse con los segundos de la fila en los mítines organizados por esos andurriales de Dios. 


Ni hablar, claman los de este lado, nos dormimos en los laureles complacidos con los cantos de sirena de las encuestas y el PSOE y el PP nos han robado la merienda. Tendríamos que haber salido a rematar la faena que dejamos a medias el 20 de diciembre, añaden, no tragarnos el cuento de las encuestas e ir a morder.  Pues vaya papelón hemos hecho, dicen otros, cuando tuvimos la oportunidad de estar en el gobierno y la dejamos pasar convencidos de que si había unas segundas elecciones lo petábamos. 

¿Y qué hacemos entonces, cómo salimos y explicamos esto sin que se nos note demasiado la cara de tontos y de pasados de la raya que se nos ha quedado? Encarguemos una encuesta para averiguar dónde nos equivocamos, dice alguien en voz muy baja desde un rincón de la sala. Todos miran hacia allí con cara de sorpresa: ¿Una encuesta, Pablo? ¿Estás tonto o es que lo de secretario de organización se te ha subido a la cabeza? ¿Cómo vamos a encargar una encuesta sobre por qué fallaron las encuestas y en vez de tener un sorpasso hemos tenido un tortazo? Somos el partido con más politólogos del mundo, tenemos tropecientos libros publicados, damos conferencias y cursos sobre asuntos políticos y no se te ocurre nada mejor que proponernos que nos encarguemos una encuesta a nosotros mismos para saber qué ha pasado con el millón largo de votos que hemos perdido. Se nos van a reír en nuestras narices como hagamos eso. 

Discutieron mucho sobre la idea y, aunque no sin dificultades, al final el tal Pablo consiguió convencer a sus compañeros de que la encuesta la controlaría la propia organización; de este modo podrían cocinarla lo suficiente como para ofrecer una explicación razonable del tortazo sin dar la incómoda imagen de que intentan justificar su propio fracaso político. 

¿No debería dimitir alguien, aunque sea sólo  para predicar con el ejemplo después de tantas dimisiones que hemos pedido nosotros por todo, en todo momento y a todo el mundo?  La pregunta llegó con una voz casi inaudible desde debajo de una mesa cuando todos empezaban a recoger sus cosas para marcharse. Enseguida, no obstante, se extendió por la sala un silencio sepulcral: nadie abrió la boca para contestar y solo algunos se limitaron a carraspear y otros a toser. Sólo un comentario se oyó muy por lo bajo: ¡Te la has cargado, colega! Pasado el eléctrico instante de estupor todos se despidieron a la vez de forma atropellada ¡Bueno, pues ya nos vemos si eso en la reunión del círculo de mañana o en la del consejo ciudadano! ¡Hasta la vista, buenas noches! ¡Recuerdos a Pablo Manuel! ¡Vale, de tu parte! ¡Buenas noches! 

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