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El primer pacto

Podrá gustar más o menos pero el que hoy han alcanzado el PP y Ciudadanos para conformar la mesa del Congreso de los Diputados que se constituye mañana es lo único tangible después de tres semanas de una nueva y generosa dosis de tacticismo y líneas rojas por parte de todos los actores políticos. El acuerdo por el que el PP ocupará la presidencia de la cámara y dos puestos en la mesa y Ciudadanos se hará con otros dos, otorga al centro derecha el control del gobierno parlamentario y, por tanto, la organización política del hemiciclo o el orden de los asuntos que se incluyen en los plenos, entre otras cuestiones.

Para el PSOE y Podemos quedan otros cuatro puestos que, en principio, sólo les darán a estas dos fuerzas el derecho al pataleo salvo que la formación de Albert Rivera se convierta en una suerte de partido bisagra que abra hacia la derecha y hacia la izquierda en función de las circunstancias y de sus propios intereses estratégicos. La pregunta que muchos se hacen a esta hora es si el acuerdo para la mesa del Congreso tendrá su traslado a una eventual investidura de Mariano Rajoy. Rivera ha vuelto a decir que no cambiará la abstención de sus diputados por un voto a favor de Rajoy "si no hay regeneración". Si eso significa que Rajoy tendría que irse para que Ciudadanos apoyara un gobierno del PP no está claro. De todos modos, el político catalán ya recula en sus planteamientos con más velocidad que antes de las elecciones. Entonces Mariano Rajoy era en sí mismo una línea roja y ahora es ya sólo un mal menor frente al mal mayor que sería tener que repetir las elecciones.Cabe deducir por tanto que la posibilidad de que Ciudadanos termine votando a favor de Rajoy no es del todo descartable. 


Claro que eso no convierte automáticamente al presidente en funciones en presidente con toda la barba: aún contando con el voto de CC sigue sumando menos votos a favor que en contra. Lo que una vez más obliga a poner la vista en el PSOE, que intenta como puede que la cegadora luz del foco mediático y político se centre sobre Rajoy y no sobre Sánchez. De hecho, el líder socialista llevaba varios días oculto a los medios y ha sido hoy cuando ha vuelto a comparecer para reiterar ante los suyos y ante la opinión pública el "no" a Rajoy por lo penal y por lo civil. 



Sánchez dice de nuevo que quiere ser oposición, aspiración digna de encomio y alabanza si al menos hubiera gobierno al que oponerse y por el camino por el que vamos esa opción no es nada segura. El PSOE sólo podrá ser la primera fuerza de la oposición si facilita el gobierno del PP a cambio de que los populares acepten un exigente programa de cambios, reformas y medidas de regeneración política. No haber planteado ya con claridad y precisión esas exigencias con el argumento de que fue el PP el que ganó las elecciones y es a Rajoy a quien le corresponde dar el primer paso de ofrecer acuerdos a cambio de apoyo para su investidura, lleva la situación a un bucle que sólo puede desembocar en unas terceras elecciones. 

Y si si al final fuera eso lo que terminara ocurriendo, sería el PP el que cargaría con la responsabilidad política ante los electores por haberse encastillado en su inmovilismo y en su incapacidad para el diálogo y la negociación. Que la decisión no es fácil para el PSOE no es necesario jurarlo pero es la única salida parta evitar unas nuevas elecciones. Es muy probable que tenga costes electorales pero que no pierdan de vista Sánchez y quienes se oponen a apoyar a Rajoy, aunque sea con la nariz tapada y mirando hacia otro lado, que unas terceras elecciones podrían poner al PP al borde de una mayoría absoluta y entonces habría hecho el PSOE un pan como unas tortas. 

Lo cierto es que, en estos momentos, con el PP todavía creyendo que tiene mayoría absoluta y que nada tiene que ofrecer a nadie salvo su propio programa electoral y con el PSOE despreciando la oportunidad de poner a prueba la cintura política de Rajoy en la mesa negociadora y durante el tiempo que dure la nueva legislatura, no quedará más salida que volver a apelar a las urnas. Ahora bien, de ese escenario que cada día que pasa sin acuerdo se perfila con mayor claridad tienen que ser expulsados  aquellos que por tacticismo electoral, cortedad  de miras e incluso interés personal van camino de consumar el que puede ser uno de los mayores fracasos de la democracia en este país.  

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