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Pokemanía: se nos va la pinza

Me tomo un respiro en el cotidiano seguimiento de las andanzas políticas en la 13 Rúe del Percebe para ocuparme de la tontuna generalizada que afecta gravemente estos días en todo el mundo a millones de personas, muchas de ella hechas y derechas y con una cabeza - o algo que se le parece mucho - sobre los hombros. A Dios pongo por testigo de que soy de los que piensan que cada cual es libre de utilizar / invertir /malgastar / desperdiciar su tiempo como su caletre le de a entender. Pero eso es una cosa y otra muy distinta es la pandemia global de los machangos de Pokémon Go. Aún no me explico a qué espera la Organización Mundial de la Salud para dar la alerta y encargar una vacuna contra esta enfermiza chifladura.

La empresa que  ha esparcido estos bichos por el mundo se está haciendo de oro gracias a la falta de un par de hervores en las humanas legiones de niños grandes y menos grandes que los persiguen por donde sea menester y a toda costa: parques, carreteras, calles, viviendas privadas y hasta aparcamientos de la Guardia Civil. Nada queda por allanar y pisotear cuando se trata de pescar uno de estos engendros de colorines: se para el tráfico, la gente se da trompazos contra las farolas, cruza las calles sin mirar, conduce más atenta al móvil que a la circulación y un largo listado de bobadas que ya hacen dudar seriamente a los antropólogos y a los filósofos de que la nuestra sea la especie más inteligente que habita este planeta. Cuando en un futuro tal vez no muy lejano se den una vuelta por aquí seres de otras galaxias y descubran a que dedicaban su tiempo los terrícolas, es probable que se den media y vuelta y se vayan por donde vinieron convencidos de que somos completamente irrecuperables para la civilización de la que presumimos ser los reyes. Mientras tanto -y no lo digo con ánimo de aguarles la diversión -  bien harían los pokemaniacos en tener presente que algunas de las cosas que están ocurriendo tienen consecuencias económicas y hasta penales. 


Y no me refiero solo a llenarles los bolsillos a los accionistas de la compañía que ha puesto a medio mundo a hacer el ganso. Hablo de las consecuencias por darse una castaña con el coche contra algo o contra alguien por ir más pendientes de cazar un machango que del tráfico. Por no hablar de cortar la circulación, un comportamiento que en España te pueden suponer de 3 a 5 años de cárcel si te cae encima todo el peso de la Ley Mordaza del señor Fernández Díaz, mucho más aficionado a otros juegos que al de los Pokémon Go, me temo. Pero eso, claro, cómo lo pueden saber quienes dedican su tiempo a perseguir bichos con un móvil en la mano sin atender a nada más. 

Estoy firmemente convencido de que el juego es un factor determinante en el desarrollo de la personalidad de los individuos, pero me preocupa no poco que señoras y señores que ya no volverán a cumplir los 30 o los 40 - por poner una edad indicativa - necesiten aún de este tipo de estímulos para sentirse a gusto y pasarlo bien. No obstante, todo lo daría por bien empleado si estas masas embobadas con la diversión de marras mostraran el mismo entusiasmo ante las grandes causas sociales de este mundo que el que exhiben estos días en calles y plazas de todo el planeta para pasmo del resto. Aunque, a decir verdad, me conformaría con mucho menos, con que no fuera cierto lo que afirman algunos expertos de que la especie humana está evolucionando a la inversa y que en esa retroceso hacia la infancia hemos perdido irremediablemente la pinza que nos mantenía sujeta la cabeza sobre los hombros.   

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