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Erdogan y cierra Turquía

El presidente turco parece estos días una furia desatada e incontrolada. En lugar de pedir serenidad y unidad al país y de impulsar una investigación que aclare quién está detrás del golpe de estado del viernes por la noche, ha puesto en marcha una cacería sin precedentes en la administración, la judicatura, los medios de comunicación, las fuerzas armadas y la policía que empieza a resultar harto sospechosa.

A la hora de escribir estas reflexiones son ya más de 20.000 los militares, jueces, policías y otros funcionarios detenidos o expulsados de sus empleos. Sólo en las últimas horas 15.000 funcionarios del ministerio de Educación se han quedado sin empleo. En paralelo, Erdogan y su Gobierno ya hablan sin empacho de reimplantar la pena de muerte, importándoles una higa lo que piensen en Bruselas o en la OTAN. Con esa voz de vicetiple que le sale últimamente a las autoridades comunitarias le han advertido de que un país en el que esté en vigor la pena de muerte no tiene cabida en la Unión Europea.

Pero Erdogan y los suyos se sienten fuertes después de que sus seguidores respondieran en masa a su llamada y se tumbaran delante de los carros de los golpistas para defender con sus vidas al Gobierno y al propio Erdogan. Y saben que, por lo que a la OTAN se refiere, no van Estados Unidos y sus aliados a ponerse exquisitos si en Ankara preside la república que fundó Atatürk un señor al que se le ven con meridiana claridad los costurones del autoritarismo y una evidente deriva hacia posiciones islamistas cada vez menos moderadas. Más poder y menos contestación política es lo que busca en definitiva el presidente turco y no tanto poner ante la justicia a los instigadores del golpe de estado del viernes. 

El propio presidente no tardó en comprar la especie de que el inspirador de la intentona no ha sido otro que el clérigo Fetullah Gülen, exiliado en Estados Unidos, y en su día mentor del propio Erdogan.  De Gülen se dice que tiene un imperio de medios de comunicación en Turquía y una tupida red de seguidores y simpatizantes que sería la que estaría desactivando ahora Erdogan con su purga. Sin eliminar del todo esa explicación, lo cierto es que muchos analistas les cuesta creer que Gülen tenga tanta influencia en unos militares que históricamente se han considerado a sí mismos como los garantes del carácter laico del Estado turco fundado por Atatürk. 

Con su limpieza política y su insistencia ante Estados Unidos para que acepte la petición de extradición de Gülen a Turquía, el presidente turco parece como si quisiera resolver lo ocurrido por la vía rápida y evitar las preguntas incómodas sobre su propia actitud. Una de ellas podría ser por qué no detuvo el golpe si como se ha sabido hoy tuvo conocimiento del mismo tres horas antes de que se produjera y no hizo nada. Todo esto sin olvidar que detrás de la asonada pueda haber otros intereses deseosos de desestabilizar políticamente la zona y suprimir de la escena a un político como Erdogan, especialmente odiado por Siria, por los terroristas del DAESH, por las milicias de Hezbollah y por Irán que las financia. 

Entre las hipotesis que se han puesto sobre la mesa no deberíamos desdeñar del todo por inverosimil o descabellada la del autogolpe como excusa perfecta para acaparar más poder y arrasar con una oposición que en estos momento no está en condiciones de hacer frente a ese vendaval desatado que es Erdogan y su ira política. Cuando se sobreactúa en política con la furia con la que lo está haciendo el presidente turco, lo que se suele perseguir no es tanto sacar a la luz las causas y los responsables de un hecho como el del viernes, sino hacer que unas y otros coincidan exactamente con la versión más conveniente para el poder. 

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