"No son los hechos los que estremecen a los hombres, sino las palabras sobre los hechos" (Epicteto)

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4 de julio de 2014

Insolidarias amas de casa

¿Cómo no habíamos caído antes? ¿Cómo es posible que el Gobierno lleve años ocultándonos la verdadera razón por la que no baja el paro como todos deseamos en este país? Es indignante, con lo sencillo que era dar con la tecla que explicara el drama del desempleo en España. Menos mal que quedan próceres siempre dispuestos a echar una mano para sacarnos de la ignorancia. La clave del azote del paro no hay que buscarla en que las empresas despidan a precios de saldo y no contraten si no es con condiciones leoninas. El asunto es mucho más sencillo: la culpa la tienen las amas de casa. Y punto pelota. Ahora sí hemos visto la luz al final del túnel y podemos hablar de brotes verdes. 

Gracias al presidente de la patronal patria, Joan Rosell, ahora sabemos sin ningún género de dudas dónde están los males del empleo en España: en las malvadas amas de casa que han dejado la lavadora puesta y los cacharros sin fregar y han acudido en tropel a inscribirse en las listas del desempleo. Cerca de dos millones lo han hecho, según las esotéricas cifras del gran Rosell, que después de soltar la bomba de la semana se ratificó en ella al día siguiente sin movérsele un pelo de su bien cuidada cabellera. 

¿Y con qué fin – se preguntarán ustedes – han acudido tantas señoras desocupadas a hacer cola en las oficinas de empleo a inscribirse en las listas de demandantes de trabajo? Pues muy sencillo, que para que nos lo aclare también tenemos a Rosell, a quién si no: con el fin de cobrar algún tipo de prestación, la que sea. Que ni siquiera hayan cotizado no es impedimento para apuntarse a ver si cae alguna ayudita que permita ir trampeando la crisis, dice Rosell. 


¿Y tienen derecho estas perversas amas de casa que con su maleva actitud impiden que Fátima Báñez se desmelené por completo y cante a los cuatro vientos las bondades de su reforma laboral? Lo tienen, eso es lo malo para el Sr. Rosell, que lo tienen. ¿O es que las señoras – y señores amos de casa, que también los hay y que, según Rosell, también se han apuntado al paro para poner la mano a ver qué cae – no tienen el mismo derecho que el resto de los ciudadanos en edad de trabajar de acudir a su oficina de empleo a ver si hay suerte y les toca la lotería? Parece que para el Sr. Rosell no y así no podemos seguir ni un día más. Conclusión: es necesario acabar cuanto antes con este escándalo.

Que Rosell confunde el culo con las témporas y la velocidad con el tocino parece evidente, pero eso qué más da si cargamos sobre los hombros de las amas y amos de casa que el paro no baje más en España. Ellas y ellos son los culpables por meterse en donde nadie les ha llamado, esto es, en las oficinas de empleo por más que en dichas oficinas conseguir un trabajo sea más difícil en estos tiempos que sacarse la Euromillonaria. Sin duda, las profundas reflexiones del líder de la patronal contribuyen de forma poderosa a prestigiar a la clase empresarial de este país, ya de por sí lustrosa y brillante como pone de manifiesto el hecho de que el antecesor de Rosell en tan alta responsabilidad nacional, Gerardo Díaz Ferrán, está en la cárcel purgando sus trinques. 

Es lástima que a Rosell se le haya pasado por palto poner también en la picota a los malvados jubilados por atreverse a vivir tanto y encima aspirar a cobrar una pensión de hambre todos los meses. Deberían ser elegantes y tener el gesto patriótico de morirse cuanto antes para que a Báñez le cuadren de una vez las cuentas. Eso por no hablar de los estudiantes que quieren una beca para poder continuar sus estudios, de los dependientes que reclaman que alguien los atienda sin que sea por simple caridad o de los enfermos que confían en que no tengan que terminar acudiendo al curandero como sigan los recortes en la Sanidad Pública. 

Colectivos todos de insolidarios ciudadanos sin los que este país estaría mucho mejor y progresaría más y más rápidamente. Gracias señor Rosell por enseñarnos el camino, nunca le estaremos suficientemente agradecidos y sólo lamentamos que no haya muchos más como usted. La patria los necesita.     

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