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El PSOE ante su Rubicón

Este post no va de romanos pero sí del Rubicón que según todos los indicios va a cruzar el PSOE el próximo domingo con un jefe de circunstancias y unas legiones fanés y descangalladas. Es una línea de no retorno que marcará durante muchos años el futuro de este partido si, como se prevé, la decisión es encontrar algún tipo de subterfugio abstencionista que facilite la investidura de Rajoy como presidente del gobierno. Si es eso lo que ocurre, el PSOE habrá hecho lo que debía pero no tanto porque deba hacerlo por el bien del interés general y mucho menos porque quiera, sino porque la alternativa, unas nuevas elecciones sin líder y con la militancia revolucionada, es aún más dantesca si cabe. 

La opción de posibilitar que Rajoy permanezca en La Moncloa le permite al PSOE un respiro temporal para intentar recomponer sus fuerzas, aunque eso va a llevar mucho tiempo y esfuerzo y le va a provocar algunas heridas difíciles de curar. Puede que yo todavía sea demasiado joven y aún no haya visto los suficientes burros volando, pero me sorprende el ardor y la saña con que se ataca y vilipendia desde cierta izquierda la probable abstención socialista ante Rajoy. Pensando mal pareciera que esas voces que claman a toda hora desde las redes sociales y otros cenáculos contra la abstención prefirieran ver al PSOE completamente hundido en las urnas y a Pablo Iglesias exhibiendo la cabeza de Pedro Sánchez ensartada en una lanza a las puertas del Congreso. Son las mismas voces, me temo, que aplauden que una universidad se convierta en un reducto fascista y que el inspirador moral de esa tropelía la califique de "sano ejercicio democrático".


Y hay que recordarlo una vez más porque se les olvida enseguida, que son las mismas voces que deliberadamente callan que si en estos momentos no hay un gobierno de izquierdas en España, se lo deben agradecer al amado líder a pesar de que su cálculo de sorpasso le saliera literalmente por la culata. Con sus vetos y sus líneas rojas, su "cal viva" y sus "manos manchadas de sangre", estos enfermos de izquierdismo infantil han contribuido más que ninguna otra fuerza política de este país a que Mariano Rajoy tenga la continuidad en La Moncloa al alcance de la mano sin haber hecho otra cosa que sentarse y esperar fumando. Al final, la desmesurada ambición de poder de Pablo Iglesias y de quienes ven en él la reencarnación de Robespierre - "la guillotina es la madre de la democracia", Iglesias dixit -  han convertido a Rajoy en el claro vencedor de esta batalla política estratégica sin moverse un ápice de sus posiciones y a pesar de estar de corrupción hasta las orejas. 

A cada uno lo suyo y el PSOE también es corresponsable de su debacle actual como ya he comentado en varias ocasiones. Sánchez pudo y no quiso venderle muy cara la abstención del PSOE a Rajoy. Su "no es no" también estaba trufado de izquierdismo infantil y de una clarísima carencia de realismo político: cuando ni las cuentas políticas ni las aritméticas suman es suicida insistir en darse contra la misma pared una y otra vez, condenando a tu partido a una crisis de caballo de la que no se recuperará en años y sumiendo a tu país en una interinidad política interminable. Hoy Sánchez ya sólo es un diputado que, ironías de la política, puede verse en la tesitura de tener que abstenerse para contribuir a hacer presidente a Rajoy o entregar su acta de diputado. 

El PSOE ya no está en disposición de pedir nada a cambio de su abstención y casi me atrevería a agregar que se encuentra extraordinariamente agradecido a Rajoy por no imponerle las condiciones con las que había amagado en un primer momento en un claro intento de chantaje político. Y aquellos que ven en la abstención del PSOE la segunda traición más grave de la Historia después de que Bruto, haciendo honor a su nombre, acuchillara a Julio César por el bien de la República, deben ejercitarse mucho más en la autocrítica y dejar de una vez por todas de llorar sobre la leche por ellos mismos derramada.   

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