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Penoso panorama político

Créanme, seguir la actividad política a diario es, en demasiadas ocasiones, como tomar aceite de ricino en ayunas. Día sí y día también una elevada proporción de los representantes políticos justifican el desafecto de los ciudadanos ante la res pública. Frente al consenso, el disenso; frente a la transparencia, la opacidad; frente a la crítica, la represalia; frente a la asunción de responsabilidades, el "y tú, más". No me atrevería a decir que en otros países el problema es similar. Al menos en alguno de ellos los grandes partidos negocian hasta la extenuación para garantizar la estabilidad política o aprobar leyes que redunden en beneficio del interés general. Si alguien es sorprendido haciendo o después de haber hecho algo poco ético, dimite sin que por ello se hunda el mundo ni choquen entre sí los planetas. En España, en cambio, parecemos definitivamente incapacitados para ello.

En nuestro país apenas hay asuntos ya que no formen parte de la bronca diaria. Incluso la unión de los demócratas frente al terrorismo etarra terminó saltando por los aires cuando el PP pretendió obtener rédito electoral de los escarceos negociadores de Zapatero con la banda armada, olvidando interesadamente que Aznar la ha llegado a llamar Movimiento de Liberación Vasco y que también buscó acuerdos con ella. La interminable e insufrible crisis catalana es otro ejemplo de que ni el respeto más elemental al ordenamiento jurídico constitucional consigue unir a todas las fuerzas políticas. En el colmo de la incoherencia, en nuestro país hay partidos que anuncian su voto en contra o a favor de unos presupuestos estatales que ni siquiera conocen, haciendo buena la fe del carbonero.

"Apenas hay asuntos ya que escapen a la bronca política diaria"

Si un cargo público es sorprendido en un renuncio ético- véase el caso de Cristina Cifuentes - lo habitual es que pasen días, semanas y hasta meses de dimes y diretes sin que nadie asuma responsabilidades ni adopte decisiones. Lo más frecuente es el regate corto y encender el ventilador para que la porquería lo inunde todo. Pensiones, educación, o independencia del poder judicial son ejemplos de como, incluso asuntos de un trascendental calado social y político, se convierten en armas arrojadizas y objeto de cálculo electoral. Visión de estado, altura de miras y generosidad política, sin que eso implique renunciar a los respectivos principios programáticos o ideológico, ni están ni se les espera.


Pecaría de injusto si no reconociera que, en el desconcierto general de la política en España, hay un buen número de representantes públicos que desarrollan su labor con esfuerzo y honestidad. No es cierto que todos los políticos sean iguales y que todos busquen solo medrar. Es verdad que dedicarse a la política comporta ventajas económicas vetadas a otras actividades y que los partidos políticos disfrutan de un generoso régimen de subvenciones públicas para su funcionamiento.

De ahí a suponer que quien se dedica a la política lo hace solo por el dinero o la fama es menospreciar a quienes lo hacen con auténtica vocación de servicio público. Ello, a pesar de unas estructuras partidistas en las que sigue sobrando opacidad y hermetismo. Los eslóganes, las asambleas y los encuentros con militantes bien adiestrados no son suficientes para ocultar sus carencias democráticas y sus indigencias ideológicas o programáticas. En ese ambiente se cercena el ascenso de los discrepantes en la cadena de mando y se les condena al ostracismo, sean abnegados servidores públicos o meros aspirantes a la profesión política.


A su escala, la política canaria es un fiel reflejo de la nacional. La renovación de órganos clave para el buen funcionamiento de la vida pública se supedita al juego de tronos partidista y se pospone hasta las calendas griegas. Los viejos asuntos como la adecuación del sistema electoral a la realidad demográfica se empantanan por intereses electorales y los problemas se agravan y se pudren mientras se echa la culpa a Madrid o se encargan estudios y se elaboran planes de todo y para todo. El nivel general de los debates parlamentarios produce grima y el de la oratoria - saber expresarse en público hilvanando con claridad y un poco de elocuencia unas cuantas ideas - apenas está al nivel de un ayuntamiento de pueblo pequeño. Los ciudadanos asistimos hastiados a este espectáculo permanente de mediocridad, mentiras, medias verdades y cálculos políticos. Nos hemos vuelto reacios a creer en nuestros representantes y en sus promesas; votamos cada cuatro años pero desconfiamos de que aquellos a los que entregamos el voto vayan a hacer uso cabal del mismo. 

"El nivel general de los debates parlamentarios produce grima"

Todos estos síntomas muestran un sistema democrático estancado en torno al juego cansino de los intereses de partido y ante el que los ciudadanos - agotados y decepcionados - terminamos encogiéndonos de hombros y borrando los asuntos de la vida pública de nuestras prioridades habituales. Sé que no vivimos en la Grecia antigua y que no podemos dedicarnos sólo a seguir el juego de la política para actuar con conocimiento de causa. Tampoco se trata de eso, sino de no limitarnos a mirar para otro lado y dejar hacer a los políticos, dándolos por imposibles e incorregibles. Si a pesar de sus importantes fallos la democracia sigue siendo el mejor de los sistemas políticos posible, es porque somos los ciudadanos quienes tenemos el poder de poner y de quitar a los responsables de los asuntos públicos. Los intereses de todos, por tanto también los de cada uno de nosotros en particular, merecen al menos que pensemos por un momento en aquella frase de Charles de Gaulle: "La política es algo muy serio para dejarla en manos de los políticos". 

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