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El PP aprende democracia interna

Y lo hace, diría yo, a marchas forzadas y obligado por las circunstancias. Tengo la sensación de que casi nada está saliendo como lo había planeado Rajoy, lo que una vez más demuestra la poca utilidad de hacer planes muy detallados en política y encima confiar en que se cumplan. Es mucho más útil y práctico irse adaptando a las circunstancias según vayan surgiendo, que es en definitiva lo que ahora intenta hacer el PP con más pena que gloria. Seguramente será la falta de costumbre, pero ya se sabe que para todo hay una primera vez. Tengo la impresión de que Rajoy soñaba con una sucesión ordenada, aburrida y cuando él considerara que era el momento procesal oportuno para abdicar la corona de máximo mandatario del PP. No podía sospechar que una moción de censura acabaría con su gobierno y, aunque pudo haber seguido presidiendo el PP, su crédito político entre sus propios votantes estaba ya bajo mínimos como para volver a intentarlo.

Así que tuvo que dar un paso a un lado y - eso hay que reconocerle - se cuidó en público de no señalar con el dedo a su sucesor o sucesora, como hiciera Aznar con él. Su retirada habría salido como la planeó si aquel en quien confiaba para tomar el mando no hubiera dado la espantada y descolocado a todo el partido. No tengo dudas de que la renuncia de Núñez Feijoo  ha impedido una coronación a la búlgara y por aclamación del nuevo presidente de los populares, tal y como marca la inveterada tradición del partido. Si acaso se habría presentado a las primarias algún concejal de pueblo para salir en la tele, pero no Sáenz de Santamaría, Casado o Cospedal. La situación ahora es de peligrosa proximidad al abismo de la división interna si quien gane la batalla no integra a los perdedores en la dirección del partido.  
Foto: El Economista
Ese sería el momento correcto de la unidad, no el previo al congreso, en el que lo que debería producirse es el debate y la confrontación de ideas y de proyectos para el partido y para el país. Sin embargo, la situación que se aprecia es bien distinta: Casado propone el debate y Sáenz de Santamaría lo esquiva con el inestimable apoyo del aparato del partido, al que le entran temblores fríos solo de imaginarse a los candidatos disputando en público. Al margen de que su candidatura sea más de regresión que de avance hacia posiciones acorde con los tiempos actuales, es Casado el único que se ofrece a debatir y pospone la unidad a cuando corresponde: después del congreso del fin de semana. Su rival, en cambio, hace de la unidad un principio sagrado en sí mismo y se escabulle del intercambio de posiciones con Casado alegando que las líneas del partido están claras para todos.

Visto así, Sáenz de Santamaría no parece aspirar a otra cosa que a sustituir a Rajoy y continuar como si aquí no hubiera pasado nada, con el único argumento a su favor de su condición de mujer. Casado, en cambio, propone al menos la necesidad de hacer cambios en el partido, aunque sea para volver a conectarlo con las esencias del pasado aznarista. Con este panorama y con los apoyos que uno y otra exhiben sería más que arriesgado aventurar un resultado que, a la postre, va a depender más de los compromisarios y de los juegos de poder, que de unos militantes que se pueden ver desairados si el elegido es Casado. Lo que es seguro es  que estas primarias dejarán secuelas tras un proceso en el que el PP ha derrochado más democracia interna que en toda su historia hasta la fecha. Que sea para bien, aunque también parece evidente que tendrá que esforzarse mucho más en la próxima ocasión.   

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