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Los gestos de Sánchez

Hoy quiero empezar tirando de refranero antiguo y diciendo aquello de bien está lo que bien acaba. Me explico: tal y como había vaticinado casi todo el mundo, los primeros pasos de Pedro Sánchez en La Moncloa se están caracterizando sobre todo por los gestos. Ya sé que a la oposición o le parece filfa o le parece devolución de favores a quienes hicieron a Sánchez presidente en la moción de censura. Nada nuevo bajo el sol ni nada que objetar a la oposición que de manera legítima quieran hacer Ciudadanos y el PP. A ellos menos que a nadie se le escapa la escasa capacidad de maniobra de un presidente con escuetos apoyos parlamentarios y un presupuesto cerrado. Con esos mimbres, poco más que enviar mensajes al electorado a través de gestos que no cuesten mucho dinero puede hacer el presidente. La oposición lo sabe y lo explota con todo el derecho político del mundo y ningún reparo cabe ponerle. Sánchez hace lo que le marca el guión de la situación política: enviar a la sociedad el mensaje de que otra forma de gobernar distinta de la del PP no solo es posible sino imprescindible por el bien de la salud democrática y social del país.

En ese contexto hay que inscribir decisiones como la creación del Comisionado sobre la pobreza infantil, una fiscalía sobre discapacidad, el anuncio de personarse en los casos judiciales de orden sexual o acoger a los inmigrantes del Aquarius. Una decisión, más que un gesto, como el pacto de prisa y corriendo con Podemos sobre RTVE, ha sido un claro despropósito que ha desmentido el discurso sobre la necesaria independencia de ese medio de comunicación público de las injerencias políticas. Aunque para gestos de verdadero calado, dos que tiene que ver cada uno con dos de las nacionalidades históricas que más quebraderos de cabeza suelen provocar: el País Vasco y Cataluña. Tengo pocas dudas de que el anuncio de acercar los presos de ETA al País Vasco es fruto de un acuerdo con el PNV a cambio del inestimable apoyo a Sánchez en la moción de censura.

El Periódico
Este es un asunto tan sensible que debe andar con mucho tiento el Gobierno para no reabrir en víctimas y familiares heridas que aún están a flor de piel. La disolución de ETA anunciada por la propia banda terrorista puede ser una buena excusa para el acercamiento, pero es muy importante evitar la precipitación y la improvisación. Ante todo, debe actuarse con criterios objetivos conocidos por la sociedad, sobre las razones que hacen recomendable el traslado de los presos de manera individual y nunca colectiva.

Mención aparte merece el traslado a cárceles catalanas de los dirigentes independentistas presos, una vez concluida la instrucción de sus causas por el Tribunal Supremo. Tampoco descartaría que la decisión ya en marcha responda a algún tipo de acuerdo con el independentismo catalán a cambio del apoyo a Sánchez en la moción de censura. No me escandalizaría que fuera así porque, entre otras cosas, la medida se ajusta sin problemas a la legalidad vigente. Sirve - y esto es lo más importante - para distender el cortante clima político de las relaciones entre el Gobierno catalán y el del Estado y allana el camino a la reunión que el lunes prevén mantener Sánchez y Torra.

A la luz de la experiencia y de las declaraciones de los independentistas de los últimos días, soy profundamente escéptico sobre el resultado de esa reunión. Me alegraría que del encuentro surgiera un mínimo atisbo de que las relaciones discurrirán por los cauces constitucionales que los independentistas despreciaron olímpicamente, así como que quede de manifiesto que hay  espacio para la política y no solo para los tribunales de justicia. La gran incógnita es saber hasta dónde está dispuesto a llegar a Sánchez y a cuánto está dispuesto a renunciar el independentismo que habla por Torra. Por eso decía que bien está lo que bien acaba y, en este caso, esto no ha hecho sino comenzar.

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