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Votar es un placer

Ahora que los canarios ya podemos volar a Madrid por menos de lo que nos cuesta la guagua para ir a trabajar, déjenme que me ocupe de las huestes populares y de sus tribulaciones en el frío banco de la oposición. Mañana es el día señalado en rojo - perdón por la impertinencia - para que acudan a elegir a su nuevo líder o lideresa los apenas 66.000 afiliados al día en sus obligaciones. Es poco más del 7% de los 870.000 militantes que el PP decía tener, lo que, de ser cierto, lo convertiría en el partido más grande del mundo solo después del Partido Nacional de los Trabajadores de Corea del Norte.  Me malicio que, con lo mal que llevan la contabilidad en el PP, alguien contó a los muertos, a los que llevan años sin pagar una miserable cuota y a los que se fueron a Ciudadanos o a su casa, lejos del mundanal ruido y la corrupción. Lo que de paso pone de manifiesto algo que ya vienen advirtiendo desde hace tiempo muchos politólogos: la militancia política se bate en retirada y los partidos de masas de toda la vida se convierten en grandes estructuras vacías de participación activa más allá de algunas primarias y manejadas por élites reducidas.

Sea como fuere, son esos 66.000 afiliados - si es que participan todos - los que tendrán la oportunidad por primera vez en la historia del PP de elegir a la persona que deberá afrontar la responsabilidad de llevar el partido de nuevo a La Moncloa. La buena noticia es que no hay elección digital como  hasta ahora y con quien elijan tendrán que lidiar. Salvo que ocurra lo que muchos temen en el partido, que los más de 3.000 compromisarios para el Congreso del 20 y 21 de este mes que también se designan mañana en votación, decidan que debe ser una persona distinta a la que digan los militantes la que debe dirigir el PP. Si tal cosa ocurriera y entra de lo previsible que ocurra, el PP habría hecho literalmente un pan como unas tortas porque quedaría desautorizada la escueta militancia que mañana se va a molestar en ir a votar. Si en esta ocasión solo participa el 7% de la supuesta militancia, calculen qué porcentaje participaría la próxima vez que haya primarias.
Eso, que no es un problema menor, no es sin embargo lo más grave que le puede ocurrir al PP en este proceso sucesorio. Imaginen por un momento un empate técnico entre Sáenz de Santamaría y Cospedal y no me digan que si fueran militantes o dirigentes activos del PP no les temblarían las piernas. Sabido es que a la ex vicepresidenta y a la aún secretaria general les revisan los bolsos los seguritas cuando coinciden en algún evento y les retiran las navajas, los cuchillos y otras armas de hacer sangre. Queriéndose tan mal como se quieren entre sí, sacar adelante una candidatura unitaria para dirigir el partido se antoja tarea apropiada para un mediador de la ONU experimentado en viejas guerras enquistadas.

Hasta creo que más de uno en el partido desearía que triunfara la tercera vía y resultara elegido el joven y masterizado Casado, tras el que asoma ominoso el bigote de Aznar. Que no andan los candidatos y candidatas a partir un piñón lo demuestran los mandobles que con generosidad y amplia sonrisa se han dirigido en estos días de campaña, haciendo bueno que el peor enemigo de un político es un compañero de partido. Esclavos de la corrupción, unas y otros se han dedicado menos a explicar su proyecto de partido y sus propuestas para el país que a meterle el dedo en el ojo a los rivales. Es mucho lo que el PP se juega en este envite pero las señales no auguran un final feliz ni para el partido ni para el país, aunque haya quien se pueda sorprender de esta última afirmación. Sí, creo que la estabilidad del sistema democrático necesita un partido de centro derecha homologable con los de otros países europeos, que equilibre los extremos del espectro político.

Cosa distinta es que ese partido sea el PP, que ha perdido demasiadas oportunidades para regenerarse y haber aplicado una política mucho menos insensible con la realidad social de un país arrasado por la crisis. Puede que esa bandera se la haya arrebatado en buena medida Ciudadanos y mucho tendrán que cambiar ahora los populares para recuperarla. Por eso necesitan que la sucesión de Rajoy salga bien y que quien se ponga al frente del partido sea capaz de llevarlo de nuevo a La Moncloa lo más pronto posible. Esa y no otra será su misión porque ese y no otro es el objetivo de un partido político, ocupar el poder. Sin embargo, la indiferencia aplastante de la militancia y la guerra de guerrillas en la cúpula, no son las mejores armas para empezar a recuperar el terreno político que sus propìos y graves errores le han hecho perder en los últimos años. 

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