"No son los hechos los que estremecen a los hombres, sino las palabras sobre los hechos" (Epicteto)

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21 de septiembre de 2012

Cuando la risa no hace gracia

El mundo musulmán clama estos días contra un supuesto video blasfemo del profeta Mahoma. Una treintena de personas han perdido ya la vida en las protestas que han recorrido la mayoría de los países de religión musulmana, entre ellas, el embajador de Estados Unidos en Bengasi (Libia). Hoy, viernes de oración en las mezquitas, seguramente será otro día de manifestaciones, quema de banderas e intentos de asalto a las legaciones diplomáticas, consulados y otros centros occidentales en esos países, lo que ha obligado a extremar las medidas de seguridad. Y confiemos en que quede sólo en eso. En medio de esta ola de protestas teñidas de violento fanatismo religioso, alentadas incluso por algunos Estados teocráticos para ganarse el favor popular, una revista satírica francesa publicó esta semana una serie de viñetas sobre Mahoma que han recrudecido las protestas al considerarlas los musulmanes más intransigentes igualmente ofensivas y blasfemas. 

La decisión de la publicación francesa ha venido también a poner de nuevo sobre la mesa si debe o no tener límites la libertad de expresión, derecho elemental en cualquier sociedad democrática. Los responsables de la revista aseguran que no debe haberlos porque la autocensura es el primer paso hacia el totalitarismo.

Ni los islamistas radicales que protestan violentamente estos días ni algunos de sus gobiernos permitirían jamás en sus países el ateísmo, que existiese libertad religiosa o que se erigiesen iglesias cristianas, sinagogas o templos budistas. Justo lo contrario de lo que exigen sus correligionarios en los países occidentales en donde se les autoriza la construcción de mezquitas y disfrutan como cualquier otro ciudadano del derecho a practicar su religión o a no practicar ninguna sin más límites que los establecidos por la Ley. Por eso, resulta asombroso que algún iluminado miembro de la Liga Árabe haya llegado incluso a proponer que la legislación de los países occidentales incluya la figura penal de la blasfemia.

¿Por qué entonces ponerle límites a la libertad de expresión? Por una sola razón: por responsabilidad y, si me apuran, por oportunidad. Las viñetas de la publicación francesa no parecen ni responsables ni oportunas porque sólo han contribuido a echar más petróleo en la hoguera del fanatismo, ya bastante extendida y violenta. Y no se trata de autocensurarse para no molestar a los intolerantes, que no tendrían los mismos miramientos si el problema fuera el inverso. Se trata de ejercer el derecho a la libertad de expresión de manera menos burda y provocadora para que no contribuya a incrementar aún más la intolerancia, sino a denunciarla y combatirla.

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