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Un mal día para la “marca España”

Todo empezó a ir mal cuando muchos españoles se desayunaron con un reportaje fotográfico de la biblia mundial del periodismo, el New York Times, que retrata con toda crudeza algunas - solo algunas – de las dramáticas consecuencias de la crisis económica en España: gente hurgando en los contenedores de basura, comedores sociales, protestas contra los recortes laborales y sociales, etc. Más allá de que tampoco están los Estados Unidos para presumir de equidad social y ausencia de miseria y desprotección sanitaria, éste fue el presente con el que recibió Nueva York al Rey y al presidente Rajoy. En doce fotografías en deslumbrante blanco y negro para dotarlas de mayor fuerza, la alicaída “marca España” que el monarca pretendía fomentar recibió el primer golpe de la jornada.

La cosa empeoró cuando, subido a la tarima de oradores, el presidente catalán Artur Mas anunció lo que casi todo el mundo esperaba después del fracaso de su órdago con el pacto fiscal: elecciones adelantadas al 25 de noviembre. Envuelto en la estelada y tocado con la barretina, Mas escenificó su propio fracaso político al convocar elecciones cuando aún le quedaba por delante la mitad de la legislatura y en los dos años que lleva al frente de la Generalitat la situación económica de su comunidad no ha hecho sino empeorar.


Pero la culpa, obviamente, no es suya ni de los gobiernos catalanes anteriores ni de la profundidad de la recesión generalizada: la culpa sólo la tiene el Gobierno de Madrid, al que acusa de haber levantado un muro ante las aspiraciones catalanas de contar con un sistema de financiación similar al que tienen vascos y navarros. El paro o las interminables listas de espera que sufren los ciudadanos de Cataluña son asuntos secundarios para él y de hecho solo se refirió a ellos en su discurso media hora después de haber empezado a hablar: en donde haya una buena causa independentista a la que encaramarse por anacrónica que resulte, que se quiten del camino los problemas reales de la gente de a pie. Todo lo resolverá la soberanía o la independencia o lo que sea que pretenda en realidad con tal de sacarle los euros a Rajoy.

Si con las fotos del New Yok Times y las elecciones catalanes la “marca España” empezaba a registrar ya una de sus cotizaciones más bajas de los últimos años, la puntilla la pusieron las cargas policiales de la noche en los alrededores del Congreso de los Diputados. Las escenas ya conocidas de otras manifestaciones se repetían: carga policial, carreras, caídas, porrazos, gente sangrando, manifestantes arrastrados a las furgonetas policiales, periodo de descanso y vuelta a empezar.

Esto a las puertas del Congreso de los Diputados que los convocantes de la protesta se proponían rodear coincidiendo con un pleno de la cámara; sin embargo, la policía se les adelantó y lo rodeó primero desde un día antes, de manera que la mayoría de los manifestantes se contentó con verlo desde lejos, mientras los afortunados que pudieron mirar cara a a cara a los leones se llevaron algún que otro porrazo de recuerdo. Una vez más parece que ha habido de todo: exceso de fuerza policial por un lado y provocación de grupúsculos expertos en reventar manifestaciones por otro.


No fue una buena idea cercar el Congreso y no sólo porque era previsible que la policía lo hiciera primero y hasta porque la número dos del PP, María Dolores de Cospedal, llegara a comparar las protestas con el 23-F en un descarado intento de deslegitimarlas. No fue buena idea porque el Congreso es la sede de la soberanía nacional y, nos gusten más o menos, sus miembros han sido elegidos en unas elecciones libres y plurales. Si los impulsores de las protestas de ayer quieren cambiar el sistema deben explicar con algo más de claridad cuál es el que proponen para sustituirlo. Del mismo modo deben explicar por qué consideran que la Constitución Española no es democrática – me pregunto qué diría Santiago Carrillo ante eso – y cuál es la que proponen en su lugar.

Hay razones más que suficientes para salir a la calle y protestar alto y claro en contra de que paguen la crisis quienes la sufren y en contra del denodado ataque que sufre el estado del bienestar a manos del neoliberalismo más rampante. Pero no sólo el fondo de esas protestas es importante, también las formas lo son: la contundencia en las críticas no tiene porque estar reñida con el respeto a las instituciones que representan a todos los españoles, al menos mientras no haya un sistema mejor que el democrático, el menos malo de todos los conocidos hasta ahora.

Este es el panorama en vísperas de que el Consejo de Ministros apruebe mañana los Presupuestos Generales del Estado para 2013. Mucho me temo que mañana tampoco será un buen día y habrá más razones para salir a la calle a protestar, aún sintiéndolo mucho por la “marca España”.

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