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El milagro de Bankia


Si lo que España necesitaba para recuperar la fe y el optimismo era un milagro ya lo tiene y se llama Bankia. Las señales  e indicios del hecho prodigioso venían detectándose desde hacia semanas hasta que finalmente se han confirmado. En sólo dos semanas las acciones de la hace tan solo un año exitosa fusión de cajas bichadas por el ladrillo y la torpe gestión política se han dejado 1.800 millones de euros en la bolsa. Si contamos desde que empezó a cotizar, las pérdidas se acercan al 60% y eso no puede ser calificado más que de milagroso.

Del mismo modo cabe calificar que en poco más de una semana los cuatro mil quinientos millones de euros de dinero público que necesitaba Bankia para tapar sus agujeros se hayan multiplicado por seis y ya ronden los veinte y cuatro mil millones que, obviamente, saldrán también de nuestros bolsillos. Este sí que es un milagro y no el de los panes y los peces. Recuerden si no al ministro De Guindos asegurando que todo el sistema financiero español apenas necesitaría unos quince mil milloncitos de dinero público para ponerse fuerte y saludable como un toro. Ahora resulta que con esa cantidad apenas dará para achicar poco más de la mitad de lo que necesita la que iba a ser la joya de la corona de la banca surgida de las fusiones de cajas de ahorros.

La inconmensurable magnitud del milagro financiero protagonizado por Bankia ha dejado de momento sin habla al ministro, que parece como transportado en un rapto místico al paraíso del capitalismo realmente existente, más allá de teorías y monsergas. Y es que la fuerza del prodigio es tan grande que hasta ha conseguido poner patas arriba los mismísimos cimientos del neoliberalismo: ahí tienen ustedes al abducido liberal De Guindos hablando sin tapujos de crear ¡un banco público! ¡Si Friedman y Hayek levantaran la cabeza la volverían a esconder bajo tierra pensando que el mundo se ha vuelto completamente loco o que ha ocurrido un milagro!

La luz cegadora de esta revelación milagrosa también tiene mudo de estupor al presidente Rajoy, lo que, por otra parte, tampoco es ninguna novedad ya que ese es de siempre su ser natural. Pero los milagros no son hechos prodigiosos que se den con tanta frecuencia como la gente crédula piensa, al contrario: sólo tienen lugar cuando lo decide la divinidad para advertir de su poder infinito e inapelable a los incrédulos, a los réprobos y a los blasfemos.

Ni se producen bajo pedido y, por tanto, es inútil insistir en que se  investigue el origen, las causas y los causantes del milagro de Bankia; mucho menos que se exiga que esa riada de millones vuelva a nuestros bolsillos, lo que de ocurrir sólo podría ser calificado de mágico más que de milagroso. 

Sólo los enfermos de desconfianza y soberbia y los abducidos por el demonio son capaces de atreverse a escrutar los designios divinos. No les hagamos caso pues, no escuchemos sus patrañas envenenadas sobre culpas y responsabilidades. A palabras necias, oídos sordos: vivifiquemos nuestros espíritus con la resplandeciente luz que emana del milagro de Bankia. A su lado, lo de Lourdes y Fátima no pasan de ingenuas fantasías infantiles.

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