
Del mismo modo cabe
calificar que en poco más de una semana los cuatro mil quinientos millones de
euros de dinero público que necesitaba Bankia para tapar sus agujeros se hayan
multiplicado por seis y ya ronden los veinte y cuatro mil millones que,
obviamente, saldrán también de nuestros bolsillos. Este sí que es un milagro y
no el de los panes y los peces. Recuerden si no al ministro
De Guindos asegurando que todo el sistema financiero español apenas necesitaría
unos quince mil milloncitos de dinero público para ponerse fuerte y saludable
como un toro. Ahora resulta que con esa cantidad apenas dará para achicar poco
más de la mitad de lo que necesita la que iba a ser la joya de la corona de la
banca surgida de las fusiones de cajas de ahorros.
La inconmensurable magnitud
del milagro financiero protagonizado por Bankia ha dejado de momento sin habla
al ministro, que parece como transportado en un rapto místico al paraíso del capitalismo
realmente existente, más allá de teorías y monsergas. Y es que la fuerza del
prodigio es tan grande que hasta ha conseguido poner patas arriba los mismísimos
cimientos del neoliberalismo: ahí tienen ustedes al abducido liberal De Guindos
hablando sin tapujos de crear ¡un banco público! ¡Si Friedman y Hayek
levantaran la cabeza la volverían a esconder bajo tierra pensando que el mundo
se ha vuelto completamente loco o que ha ocurrido un milagro!
La luz cegadora de esta
revelación milagrosa también tiene mudo de estupor al presidente Rajoy, lo que,
por otra parte, tampoco es ninguna novedad ya que ese es de siempre su ser
natural. Pero los milagros no son
hechos prodigiosos que se den con tanta frecuencia como la gente crédula
piensa, al contrario: sólo tienen lugar cuando lo decide la divinidad para
advertir de su poder infinito e inapelable a los incrédulos, a los réprobos y a
los blasfemos.
Ni se producen bajo pedido
y, por tanto, es inútil insistir en que se
investigue el origen, las causas y los causantes del milagro de Bankia; mucho menos que se exiga que esa riada de millones vuelva a nuestros bolsillos, lo que de ocurrir sólo podría ser calificado de mágico más que de milagroso.
Sólo los enfermos de desconfianza y soberbia y los abducidos por el demonio son capaces de atreverse a escrutar los designios divinos. No les hagamos caso pues, no escuchemos sus patrañas envenenadas sobre culpas y responsabilidades. A palabras necias, oídos sordos: vivifiquemos nuestros espíritus con la resplandeciente luz que emana del milagro de Bankia. A su lado, lo de Lourdes y Fátima no pasan de ingenuas fantasías infantiles.
Sólo los enfermos de desconfianza y soberbia y los abducidos por el demonio son capaces de atreverse a escrutar los designios divinos. No les hagamos caso pues, no escuchemos sus patrañas envenenadas sobre culpas y responsabilidades. A palabras necias, oídos sordos: vivifiquemos nuestros espíritus con la resplandeciente luz que emana del milagro de Bankia. A su lado, lo de Lourdes y Fátima no pasan de ingenuas fantasías infantiles.
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