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Hollande y el triunfo de la política


La victoria del socialista Hollande en la segunda vuelta de las presidenciales francesas ha generado una ola de entusiasmo legítima y hasta saludable. Sus promesas de no fiar la salida de la crisis sólo al sadismo fiscal con el que el neoliberalismo quiere hacer pagar a las víctimas de la crisis los desmanes de los bancos y los mercados financieros, son un rayo de esperanza en un horizonte lleno de miedos e incertidumbres.

Salvando las distancias y las circunstancias, las expectativas generadas por la victoria socialista en Francia recuerda no poco a las que se activaron con la victoria de Obama hace cuatro años en Estados Unidos. Cuatro años después, el balance de la gestión del político más poderoso del mundo deja mucho que desear.


Como Obama, el nuevo presidente francés se enfrenta a no pocas resistencias para hacer posible su promesa de que otra forma de afrontar la crisis es no sólo posible sino imprescindible. Empezando por los poderosos mercados financieros, que ya empiezan a mostrar signos de que no les gusta el posible viraje en la política económica que ha venido marcando con mano dura e inquebrantable la canciller alemana Angela Merkel con el inestimable apoyo ciego del perdedor Sarkozy o los populares españoles quienes, pese a las voces crecientes que exigen un cambio de rumbo, insisten en el mantra de los ajustes y sólo con la boca pequeña hablan de "crecimiento".

Continuando por las elecciones legislativas francesas previstas para dentro de un mes en las que los socialistas necesitan hacerse con la mayoría para poder aplicar las medidas anunciadas en la campaña presidencial. Estos y otros factores deben ser cuidadosamente analizados para no caer en un optimismo exacerbado que termine en una nueva decepción y en un arma más del neoliberalismo para justificar sus políticas de acoso y derribo del estado del bienestar.

Que sea enhorabuena la victoria de Hollande pero, sobre todo, que sirva de verdad para que los ciudadanos de a pie volvamos a creer en el papel preponderante que debe desempeñar la política en una auténtica sociedad democrática.

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