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Cumpleaños infeliz

El príncipe Felipe cumple hoy 45 años con pocas razones para celebrarlo. Ha alcanzado una edad en la que si no has logrado llegar a lo que querías ser de mayor debes empezar a preocuparte seriamente. En la melosa entrevista con Hermida su padre dijo de él que es una persona muy preparada, pero ahí sigue haciendo de meritorio a la espera de que un día le llegue su oportunidad como le acaba de llegar por fin a Guillermo de Holanda, su colega del gremio principesco.

En el país de los tulipanes la abdicación es una cosa corriente pero en España ningún rey abdica sino que muere en la cama con la corona puesta o, tal vez, en una cacería real. Y no lo digo yo, lo ha dicho la mismísima reina Sofía en un libro de cotilleos reales y que de estos asuntos debe de saber más que nadie. Cosas del norte y del sur, supongo, siempre tan distintos hasta en las cuitas del trono y la corona.

La cuestión no es solo que en España parece imposible conjugar el verbo abdicar, es que no existe ley que regule la eventualidad aunque así lo prevea la Constitución. Si don Juan Carlos abdicara, cosa que a muchos no les parecería mal dada su edad – la misma a la que se ha jubilado Beatriz de Holanda – su estado de salud y su pérdida de popularidad a raíz de sus cacerías y canas al aire, la zapatiesta sería histórica de verdad. Por eso dicen los que no están de acuerdo con la abdicación que mejor dejarlo correr no vayamos a complicar más las cosas en un momento en el que el país no está precisamente para fastos majestuosos.

Sin embargo, más allá del hecho de que don Felipe continúe engrosando por tiempo indefinido la tasa de príncipes en paro proactivo – véase el caso de Carlos de Inglaterra, a punto de jubilarse sin haber sentido sobre sus hombros el peso del armiño - lo que de verdad le debe estar amargando su cumpleaños de hoy es el río de aguas malolientes que discurre por las alcantarillas de La Zarzuela. Los negocietes de su impúdico y empalmado yerno, que la Justicia investiga lentamente pero sin pausa, tienen a la Casa Real y a la Monarquía como institución en el punto de mira de una opinión pública que quisiera no dar crédito a lo que lee y escucha.

Pero ahí están, negro sobre blanco en documentos judiciales, las trapisondas del cuñado y ahora también del secretario personal de las hermanas que en sus ratos libres prestaba su puesto y contactos para que el dinero público fluyera con suavidad de una empresa sin ánimo de lucro a unas cuentas muy lucrativas. El listo de la familia – ahora convertido en oveja negra, desahuciado de La Zarzuela y expulsado de la web real – se ha hecho con un capital utilizando su influencia y su nombre, del que no dudó en burlarse groseramente a través de los correos que su ex compañero de aventuras financieras ha tenido a bien poner en conocimiento del juez para escarnio de la monarquía e indignación de los ciudadanos.

Mientras, quien se supone que debería haber impedido que todo esto ocurriera y que, según parece, sabía que ocurría mucho antes de que llegara a los juzgados, se ve ahora arrastrado por los acontecimientos y en la afrentosa obligación que salir a comentar decisiones judiciales que le afectan directamente. Por méritos propios, la monarquía en España vive hoy de un descrédito inédito en la etapa democrática a la que – justo es reconocerlo – ha prestado importantes servicios. Un brillante expediente aparece ahora seriamente emborronado por la inacción de uno y la acción presuntamente delictiva de otros. Hasta se vuelve a traer a colación el que para muchos es su mayor pecado original, haber sido impuesta por Franco sin que los españoles tuvieran oportunidad de decidir en su momento entre monarquía y república.

Amargo cumpleaños el de hoy para un príncipe muy preparado pero que, aún viendo como la corona es arrastrada por periódicos y terulias,  no tendrá otra alternativa que continuar haciendo méritos con la esperanza de que llegue el día de salir de la lista de parados de larga duración. Eso, en el supuesto de que para entonces exista la monarquía.

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