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Venezuela en la encrucijada

El peculiar régimen político venezolano – una suerte de populismo de izquierdas con elementos de democracia formal y evidentes querencias autoritarias – vive un momento clave. Con el fundador y líder del chavismo postrado en un hospital de La Habana, sus partidarios en Venezuela parecen estar jugando una soterrada partida de cartas en la que se dirime quién heredará finalmente la bandera enarbolada hasta ahora por Chávez.

Lo único cierto es que el presidente electo en octubre no estará hoy en Caracas para jurar su cargo como establece la Constitución Bolivariana. Así lo ha dispuesto el Gobierno, lo ha respaldado la Asamblea Nacional en la que los chavistas son mayoría y lo acaba de avalar – como era previsible en un país en el que la separación de poderes es muy poco nítida – la Corte Suprema de Justicia.

En una interpretación pro domo sua de la Carta Magna, los poderes ejecutivo, legislativo y judicial coinciden en que el juramento del cargo no pasa de ser un formulismo ya que Chávez es presidente electo y su Gobierno puede seguir actuando “cabalmente”, en palabras de la presidenta del poder judicial. El trámite se cumplirá cuando cesen las “causas sobrevenidas” que han impedido a Chávez tomar hoy posesión del cargo aunque el fallo judicial no establece ningún plazo para que eso ocurra y no considera necesario que una junta médica examine el estado de salud del mandatario.


Gana tiempo el chavismo a la espera de la evolución de la salud de Chávez, del que lo único que se sabe es lo que el propio Gobierno viene diciendo, que no es mucho ni muy claro. Así las cosas, el país ha quedado como en suspenso con importantes decisiones pendientes sobre la mesa a expensas de la salud del presidente. Si la situación no es de vacío de poder es lo más parecido a ella que uno se pueda imaginar. Mientras, los chavistas ganan tiempo, aunque eso no quiere decir que baja la aparente unidad de la superficie no se estén produciendo movimientos encaminados a conseguir los mejores puestos de salida en un escenario político sin Chávez al timón.

Para muchos analistas, la insistencia del ungido Maduro en considerar un mero formulismo la toma de posesión y retrasarla sine die es una maniobra en toda regla para impedir que Diosdado Cabello, el presidente de la Asamblea, asuma interinamente el poder y convoque elecciones, tal y como establece también en otro de sus artículos la ambigua Constitución. De Cabello se dice que no es hombre amigo de los Castro y eso tal vez esté jugando en su contra en estos momentos. Además, la convocatoria de elecciones antes de que se determine definitivamente que Chávez no puede asumir el poder podría ser interpretada entre las bases como una suerte de traición al comandante, sin contar con el hecho de que no faltan quienes dudan de que Maduro sea el hombre indicado para darle continuidad al chavismo por mucho que fuera designado expresamente por el propio Chávez para esa misión.

Por su parte, a pesar de reclamar que Cabello asuma interinamente el poder y convoque elecciones si finalmente Chávez no jura su cargo, la oposición tampoco parece tenerlas todas consigo tras las derrotas de octubre y diciembre a manos de los chavistas en las elecciones presidenciales y en las de los estados. Puede que esta sobrevenida situación de incertidumbre política de imprevisible desenlace que vive el país la haya cogido también con el pie cambiado y sin la suficiente capacidad de respuesta.

En resumen, la única conclusión posible en estos momentos es que la encrucijada política que vive estos días Venezuela sólo se resolverá en función de lo que ocurra en una cama de un hospital de La Habana.

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