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Bárcenas: uno de los nuestros

Luis Bárcenas podría encarnar a pedir de boca el papel de habilidoso contable en un clan de escasos escrúpulos legales y éticos de una película de serie B. El atuendo y el porte le confieren el aire de saber mucho más de lo que dice y de tener mucho más dinero del que aparenta. Es discreto pero adora las vacaciones en lejanos paraísos y el costoso deporte de alta montaña en Suiza. Sobre este país sigue pesando el injusto tópico de que su única aportación a la cultura universal ha sido el reloj de cuco, cuando es mucho más importante su impagable contribución a todos los grandes evasores fiscales que en el mundo han sido, son y serán.

Bárcenas iba con frecuencia a Suiza y  entre ascenso y ascenso al Mont Blanc visitaba algún banco cercano para poner sus ahorrillos a buen recaudo de Hacienda. Con paciencia y tesón acumuló 22 millones de euros fruto de sus desvelos por la solvencia de las cuentas del PP, con las que entró en contacto hace ahora unos 30 años de la mano de Manuel Fraga. Después vinieron el olvidado Hernández Mancha, el irrepetible Aznar y el silencioso Rajoy, que lo elevó a rango de tesorero mayor en 2008. Ya antes había probado suerte como senador y fue entonces cuando el saldo de su cuenta en Suiza experimentó un empuje hacia arriba igual al peso desalojado por su alta responsabilidad en el partido para el que trabajaba.

Con el estallido del caso Gürtel la suerte empezó a cambiar a la velocidad de un alud de nieve y Bárcenas obró con rapidez para desviar una parte de sus bien ganados ahorros a Nueva York confiando en que el juez no fuera capaz de seguirles la pista. Su imputación le costó el puesto de senador y tesorero del PP, aunque él bien que se resistió a dejar la ocupación que tantas satisfacciones personales le había dado. Al descubierto sus huchas de buen ahorrador en Suiza y Estados Unidos, su abogado ha venido a soltar una bomba en el seno del mismísimo Gobierno al afirmar que Bárcenas regularizó el año pasado 10 millones de euros gracias a la amnistía fiscal que Montoro tuvo a bien regalarles a los evasores fiscales de este país.

La pregunta es cómo puede alguien que está imputado regularizar tranquilamente su situación fiscal sin atenerse a las graves consecuencias para el común de los contribuyentes que obrasen como él. De hecho, Hacienda lo niega pero parece posible que la regularización se hiciera a través de una sociedad de la que Bárcenas es el titular o incluso a través de su esposa.

Como las desgracias no vienen solas, también hay indicios de que el montaraz Bárcenas untó muchas voluntades en la cúpula del PP por la vía de sobresueldos en negro a algunos de sus dirigentes y cargos públicos. Nada importante en realidad, sólo pequeños sobres con unos pocos miles de euros que llegaban a la caja B del partido a cambio de adjudicaciones públicas a constructoras, empresas de seguridad o donaciones. Todo muy normal y transparente.

Ahora que Bárcenas se encuentra en el centro del foco judicial y mediático, nadie en el PP parece saber quién es este hombre ni qué es lo que ha estado haciendo todo este tiempo con las cuentas del partido que se nutren de los impuestos que pagamos todos y, al parecer también, de las jugosas contraprestaciones económicas de empresas bien agradecidas.

Sólo un par de voces – Núñez Feijóo y Alfonso Alonso – se han elevado indignadas y han exigido que se llegue hasta el final. El resto se ha puesto de perfil, empezando por la secretaria general, María Dolores de Cospedal, látigo de las cuentas en Suiza siempre que sus titulares pertenezcan a la familia Pujol o Mas. Asegura que Bárcenas ya no tiene nada que ver con el PP y que sus 22 millones de euros en Suiza son un asunto particular. De dimitir ella misma, después de haberlo prometido si se descubría que alguien de su partido tenía dinero oculto en el país del reloj de cuco, ni hablar.

Rajoy guarda silencio fiel a su papel de Don Tancredo mientras el chapapote de la corrupción anega el corazón mismo de su partido. “Bárcenas no es uno de los nuestros”, dicen casi todos a coro en el PP, olvidando los favores y los desvelos del hombre que tanto ha hecho por las cuentas del partido amén de por las suyas propias. Es la conocida moraleja de las malas películas sobre la mafia: cuando el contable es pillado in fraganti todos aquellos a los que benefició dicen no saber quién es ese señor ni a qué dedicaba sus esfuerzos, aunque al mismo tiempo salen corriendo no vaya a ser que el alud también se los lleve por delante.

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