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Blesa o la caída de los dioses

Puede que termine siendo un espejismo pero lo cierto a esta hora es que Miguel Blesa, uno de los banqueros más prominentes del PP, ha pasado la primera noche en una cárcel de Madrid. Allí debe haberse encontrado con un empresario llamado Gerardo Díaz Ferrán, ex presidente de la CEOE, ex propietario de Viajes Marsans (entre otras empresas hoy desaparecidas) y ex consejero de Caja Madrid, la entidad que Blesa dirigió como una finca privada durante casi 14 años y a la que llegó gracias a su vieja amistad con Aznar y al apoyo de sindicalistas y hasta de IU.

Blesa es el primer banquero de la crisis que da con sus huesos en una prisión desde el comienzo de la crisis y el segundo que corre la misma suerte en democracia después de Mario Conde, ahora rehabilitado para las tertulias de la caverna mediática. Es a esa promiscuidad político – empresarial – bancaria a la que se deben los males de las hoy desaparecidas cajas de ahorro y Caja Madrid es un ejemplo muy ilustrativo.

Blesa quiso hacer de “su” caja una entidad con gran proyección no solo nacional e internacional. Se expandió por todo el país abriendo centenares de sucursales al calor del ladrillo y no tuvo reparos en comprarse un banco estadounidense por el doble de su valor a pesar de que, según las autoridades norteamericanas, su solvencia era cuando menos cuestionable. Para lograrlo se saltó los controles de la Comunidad de Madrid dirigida por Esperanza Aguirre con el resultado final de un quebranto para la entidad de más de 500 millones de euros.

Su amistad con Díaz Ferrán facilitó mucho las cosas para que el ex patrón de la patronal a la vez que consejero de Caja Madrid se hiciera con créditos por más de 100 millones de euros que avaló con sociedades en números rojos. En paralelo se lanzó a dar créditos hipotecarios del 100% pero con escasas garantías de cobrarlos si las cosas se torcían, como terminó ocurriendo cuando reventó la burbuja inmobiliaria. También, y entre otras cosas, invirtió en ENDESA y en IBERIA, creó una inmobiliaria y puso 1.000 millones en otra, Martinsa Fadesa, que acabaría provocando la mayor bancarrota de la historia de España. Y no contento aún, se metió en la estafa de las preferentes de las que colocó unos 3.000 millones de euros y sobre las que dijo con chulería en el Congreso que no admitía “haber causado daños” con ellas.

Mientras se creía y actuaba como el Rothschild de la banca española, Miguel Blesa también miró por sus propios intereses y los de sus colaboradores con sueldos y bonus de escándalo en un país que ya se estaba adentrando en los más duro de la crisis. Su final en Caja Madrid fue de lo más tormentoso: después de la pugna entre Aguirre y Ruiz-Gallardón sobre su marcha o su continuidad terminó perdiendo la batalla a manos de Rajoy que se inclinó por Rato para dirigir una entidad que, al dejarla Blesa, presentaba una caída de resultados del 68% tras las nuevas obligaciones de provisión de fondos.

Había estallado la crisis y las cajas buscaban fusionarse casi a la desesperada: Caja Madrid se casó con Bancaja – otra que tal baila – y de ambas, más otras cajas pequeñas, nació un engendro llamado Bankia que a su vez provocó el rescate del sistema financiero del país. Ahora Miguel Blesa está en prisión a expensas de reunir los 2,5 millones de euros de fianza y tal vez preguntándose junto a Díaz Ferrán “cómo hemos llegado hasta aquí”.

En capilla hay unos cuantos banqueros más que actuaron como él, que depreciaron a sus clientes y a sus accionistas, que ignoraron la función social de las cajas y que hicieron de ellas un coto particular para políticos y empresarios especuladores. Hasta hace poco todos se creían dioses del Olimpo financiero y a resguardo de cualquier contratiempo. Sin embargo, el tinglado no es ahora más que una montaña de escombros y muchos de ellos seguramente ya sufren pesadillas ante la posibilidad de tener que dormir en una fría celda carcelaria como ha hecho esta pasada noche un tal Miguel Blesa.

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