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Comer o no comer, esa es la cuestión

Miles de alumnos acuden cada día al colegio con el estómago vacío. No ocurre en un país castigado por los desastres naturales o la guerra, sino a la vuelta de la esquina. Sin ir más lejos, aquí en Canarias. La comunidad autónoma española en la que más se han incrementado los índices de pobreza desde el inicio de la crisis y en la que 3 de cada 10 menores es considerado pobre por las estadísticas oficiales, imparte educación a niños que en muchos casos apenas pueden hacer una comida diaria, precisamente la que toman en el colegio.

Desde que los efectos del paro empezaron a causar estragos en las economías familiares, fueron numerosas las organizaciones no gubernamentales y asociaciones de padres y madres de alumnos que reclamaron a las autoridades educativas la apertura de las comedores escolares en verano para que los menores pudieran al menos seguir disponiendo de esa comida diaria durante el periodo no lectivo.

Por fin, las reclamaciones tuvieron eco y el presidente del Gobierno anunció en el debate sobre la nacionalidad de finales de marzo un plan para abrir comedores escolares en verano y paliar en parte el problema. La idea consistía en destinar 30 millones de euros a la iniciativa, 20 de los cuales deberían aportarlos los ayuntamientos y el resto el Gobierno de la comunidad autónoma. Desde el anuncio de la iniciativa ha pasado más de mes y medio y nadie sabe todavía cómo se aplicará, quién la pagará y cuándo se pondrá en práctica, a pesar de que en un primer momento fue aplaudida desde casi todos los ámbitos.


Sin embargo, la resistencia de muchos ayuntamientos, particularmente los gobernados por el PP, a destinar recursos a hacerla posible la ha convertido en un nuevo episodio de desencuentro interinstitucional e incapacidad política para dar respuesta a los problemas reales de los ciudadanos más castigados por la crisis. Se le reprocha al Gobierno – y en esto no están faltos de razón quienes lo hacen –  haber lanzado la idea sin negociarla antes con los ayuntamientos. Del mismo modo, también se les puede y debe reprochar a muchos de los ayuntamientos que ahora se rasgan las vestiduras evidente falta de sensibilidad para afrontar la situación de miles de vecinos que no tienen medios suficientes para alimentar a sus hijos.

En cualquier caso, la cuestión de fondo y principal no es si el Gobierno debió haber contado con los ayuntamientos antes de hacer el anuncio – que debió de hacerlo - o si muchos de estos se han mostrado mudos y sordos ante el drama social de un buen número de sus vecinos – lo que retrata su grado de compromiso social. La cuestión es paliar el hambre de esos niños y ante eso resulta lamentable el tira y encoje en el que están inmersos desde hace semanas unos y otros. Por más que la medida no sea la panacea para resolver la situación social de esos menores, sí merece ser acogida con la responsabilidad, la sensibilidad y la altura de miras que la dramática situación social reclama a gritos. Porque, a la postre, la cuestión es comer o no comer y no quién hace el gasto o se apunta la idea. Así de sencillo.

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