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Gana Merkel, pierde Europa

Hace un año algunos ilusos soñaban con la posibilidad de que Merkel perdiese las elecciones de ayer y se relajase el austericidio que viene patrocinando la reelegida canciller desde poco después del inicio de la crisis. Un año después, Merkel ha pulverizado incluso las encuestas que pronosticaban su victoria y se ha quedado a las puertas de la mayoría absoluta. El conservador electorado alemán ha optado por un tercer mandato de la canciller de hierro en tanto garantiza estabilidad política interna y liderazgo inapelable en la Unión Europea. 

Es verdad que un improbable triunfo socialdemócrata no hubiera cambiado demasiado las cosas y, de hecho, las políticas de recortes y reformas contra viento y marea impulsadas por Merkel apenas han sido cuestionadas en esta campaña por el que se supone que es el principal partido de la izquierda alemana, en franca retirada a pesar de su pírrico ascenso de ayer en las urnas y de que la canciller cuente ahora con él para formar parte de su gobierno en calidad de tonto útil.
Que la socialdemocracia europea asiste vencida y desarmada al avance imparable de la derecha ultraliberal lo podemos comprobar en la virtuosa Holanda, en donde el gobierno de centroizquierda acaba de renunciar solemnemente al estado del bienestar a favor de un sucedáneo llamado “sociedad participativa”, o en la misma España, sin ir más lejos. Pero no sólo la izquierda europea se encuentra inerme, sin ideas ni proyectos ante el azote imparable de la derecha. La propia esencia de la Unión Europea hace tiempo que saltó por los aires desde el momento en el que, por abulia y seguidismo, otros presuntos líderes europeos entregaron armas y bagajes a la canciller alemana y se plegaron a una política económica ideada con el fin principal de que los bancos alemanes recuperaran el dinero alegremente prestado aunque eso supusiera hundir en la recesión a todo el sur del viejo continente.

Desde entonces, Merkel hace y deshace, frena o acelera a su antojo y conveniencia los grandes asuntos comunitarios, entre ellos la unión bancaria, por solo citar un ejemplo. De hecho, en Bruselas no se ha movido un papel ni se ha celebrado una reunión medianamente importante desde que se inició la campaña electoral alemana a la espera de los resultados: ya pueden seguir por donde iban los eurócratas comunitarios porque nada cambiará con respecto a lo que venían haciendo, que nadie se haga ilusiones. Ella misma lo acaba de decir: “No hay motivos para cambiar la política europea”.

Pierden el tiempo por tanto quienes le piden que modere un punto la obsesión suicida de la consolidación fiscal, que apoye medidas de impulso económico, que suelte las bridas del Banco Central Europeo y que recapacite sobre el desastre que puede suponer y que está suponiendo ya el respaldo a una Unión Europea de dos o tres velocidades, con una serie de países laboriosos y virtuosos con Alemania a la cabeza, otro grupo rezagado en vías de hacer los deberes fiscales y un tercero de incorregibles derrochadores a los que se les aplican recortes y reformas sin ningún miramiento sobre las consecuencias sociales y económicas de esas medidas.

Esa es la Unión Europea que ha forjado el liderazgo de Merkel y en el que todo hace indicar que seguirá profundizando en su tercer mandato que se inicia ahora. Es verdad, Merkel ha ganado con claridad y contundencia, pero la posibilidad soñada y cada vez más lejana de una Unión Europea atenta a los problemas que acucian a sus ciudadanos acaba de dar un nuevo paso atrás.

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