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Horror y vergüenza en Lampedusa

A estas horas son ya más de 130 los muertos y más de 250 los desaparecidos tras incendiarse y naufragar una barcaza con 500 inmigrantes que pretendían alcanzar la isla italiana de Lampedusa. A unos 200 kilómetros al sur de Sicilia y a poco más de 100 al norte de Túnez, Lampedusa es hoy la imagen más descarnada del drama humanitario de la inmigración. En realidad, lo viene siendo desde hace un cuarto de siglo, periodo en el que unos 8.000 inmigrantes han perdido la vida en esas aguas. Mientras siguen llegando barcos con cadáveres al puerto de Lampedusa y la alcaldesa de la isla afirma que ya no tiene sitio para ellos, se ha alzado de nuevo el habitual coro de lamentaciones ante esta inmensa tragedia.

Desde Roma a Bruselas pasando por las Naciones Unidas, todo el mundo deplora lo ocurrido y dice que un horror como el de hoy no se puede repetir. Pero lleva repitiéndose ya demasiado tiempo y los anteriores coros de lamentaciones y los anteriores propósitos de la enmienda no han evitado que volviera a ocurrir. No se trata de dudar de la sinceridad con la que el primer ministro italiano o la Comisión Europea o el secretario general de la ONU lamentan la pérdida inútil de tantas vidas humanas. Mucho menos la del papa Francisco, que también ha dejado hoy oír su voz para deplorar lo ocurrido. Recordemos que la primera visita oficial del papa argentino fue precisamente a Lampedusa, lo que dice mucho a favor de su sincera preocupación por este drama. Sin embargo, además de lamentarse y rezar por las víctimas y sus familiares, poco más puede hacer el papa.

Las medidas para evitar que esto pase han estado y están en donde siempre: en los despachos de los políticos. Es ahí en donde durante todo el tiempo que dura este drama humanitario no se ha pasado casi nunca de las palabras a los hechos. Las pocas veces que eso ha ocurrido, como cuando en 2006 llegaron a Canarias más de 30.000 inmigrantes irregulares, el fenómeno se ha enfocado más como un problema o una “invasión” que como una potencial oportunidad para los países receptores de ese flujo humano.

Aunque demasiado tarde, se reconoce ahora en la Unión Europea que el enfoque para encarar y poner fin a dantescos hechos como los de hoy en Lampedusa tiene que girar radicalmente y dirigirse a la persecución de las mafias sin escrúpulo que trafican con seres humanos. Para ello es imprescindible la cooperación abierta, decidida y constante con los países emisores de emigrantes, ayudando además a su estabilidad política y a su desarrollo económico y social para evitar que la desesperación, la miseria y hasta la persecución política no sigan arrojando a seres humanos al albur de una aventura de resultado más que incierto.

Impedir la llegada o devolver a los que consiguen llegar a sus países de origen es una política a todas luces insuficiente. A la vista está que no detiene el flujo migratorio de personas desesperadas que no entienden de fronteras y que no dudan en jugarse la vida para alcanzar lo que confían sea un mundo mejor para ellos y sus familias.

Por muy profunda que sea la crisis económica que azota a la vieja Europa y por sangrante que sea la herida que sufre la cohesión social a raíz de las políticas de la derecha ultraliberal, los europeos no podemos encogernos de hombros y mostrarnos indiferentes ante horrorosos episodios como el de hoy. Si aún nos queda algo de los valores que animan esta vieja cultura, si aún creemos en la solidaridad y en la igualdad entre los seres humanos, tenemos la obligación de exigir que se detenga este drama y que después de los lamentos y las protestas de buenas intenciones se pase por fin a la acción y a las soluciones.

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