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Pablo Iglesias, líder de la oposición

Pronto empieza Pablo Iglesias a amargarle el dulce del Gobierno a Pedro Sánchez. Supongo que el presidente ya tiene descontado que su principal apoyo para desalojar a Rajoy de La Moncloa no se lo va a poner precisamente fácil. Es más, sospecho incluso que Sánchez asumió hace tiempo que sus mayores jaquecas no se las van a ocasionar Ciudadanos y el PP, sino Podemos y Pablo Iglesias. Escribí hace poco que el PP no solo no parece dispuesto a darle a Sánchez los tradicionales cien días de gracia sino ni siquiera 24 horas. En esto al menos poco se diferencia de Podemos: cuando aún no se había producido el traspaso de carteras entre los ministros salientes y los entrantes, ya estaba Iglesias despotricando en televisión. Incluso el PP valoró los nombramientos con menos virulencia de la que cabía esperar, mientras que Ciudadanos subrayaba la experiencia y la capacitación de los miembros del Gobierno y quedaba a la espera de acciones concretas. 

Pablo Iglesias, en cambio, arremetió contra un Gobierno que a su juicio ha sido diseñado para agradar al PP y a Ciudadanos y le reprocha al olvidadizo Sánchez que "en 24 horas ya no se acuerde de quién le ha hecho presidente del Gobierno", literalmente. Y esto lo dice alguien que había renunciado públicamente - aunque con dudas y vacilaciones - a que su partido entrara en el nuevo Ejecutivo. A Iglesias no le molesta que no haya suficientes mujeres en el Gobierno o que los ministros y ministras no reúnan formación y experiencia suficientes para afrontar con garantías de éxito al menos teóricas la responsabilidad que se les encomienda. Lo que le disgusta es que no sean de la cuerda ideológica de Podemos, no que puedan ser unos malos gestores de los intereses públicos. De manera que Iglesias ya le vaticina al presidente un "calvario" al frente del Gobierno, lo que supone toda una declaración de intenciones de la estrategia que prepara Podemos para los próximos meses. 

Foto: Diario Público
En realidad, tampoco deberían sorprendernos en exceso este tipo de argumentaciones marca de la casa - o del chalé - de Pablo Iglesias. Tal vez lo más sorprendente, por mencionar algo, sea que empiece tan pronto a ponerle palos en las ruedas a un Gobierno que de manera indirecta ayudó a nacer votando a favor de la moción de censura. Pero no nos engañemos ni caigamos en la ingenuidad de creer que Podemos actúa de forma distinta que el resto de los partidos. También Iglesias se ha movido únicamente por el interés partidista de Podemos y no por el interés general, como pretenden hacernos creer él y el resto de líderes políticos. El primer objetivo era sacar a Rajoy de La Moncloa - algo necesario para sanear la vida política - y eso ya se ha conseguido gracias a Pedro Sánchez. El segundo es impedir que Sánchez gobierne con un mínimo de holgura, no sea que se acostumbre y se aposente en La Moncloa hasta que se agote la legislatura. 

Después de dos fracasos consecutivos, Iglesias mantiene vivo el objetivo del sorpasso al PSOE para convertirse en la única fuerza supuestamente de izquierdas en este país. Para ello le exigirá a Sánchez medidas y compromisos que difícilmente este podrá satisfacer dadas sus limitaciones presupuestarias y la precariedad, variedad y veleidad de sus apoyos parlamentarios, empezando por los de Podemos. El líder de Podemos, que de tonto no tiene un pelo de la coleta, no creo siquiera que esté realmente escandalizado por los nombramientos de Grande - Marlaska o Josep Borrell, como aparenta. 

Creo que sus críticas a esos nombramientos son solo la cortina de humo con la que pretende ocultar una estrategia de acoso y derribo contra Sánchez que no ha hecho sino empezar. En su corta trayectoria política, Iglesias ha protagonizado ya suficientes episodios de este tipo como para confiar demasiado en su sinceridad de lobo con piel de cordero. No sé cómo se las va a arreglar Pedro Sánchez para conllevar que su principal socio sea también el líder de la oposición a su Gobierno, empujándole a ir más allá de lo que aconsejan la prudencia política y el sentido común. Confío en que su propia experiencia con Iglesias le haya servido de lección para no repetir los mismos errores, aunque me temo que eso no le librará de un buen número de noches sin dormir. 

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