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El reto sindical


Los sindicatos se enfrentan hoy al reto de sacar a la calle a la mayor cantidad de gente posible para plantarle cara a la durísima reforma laboral del Gobierno del PP. De la respuesta que reciba la convocatoria dependerá seguramente que haya o no huelga general. En cualquier caso – y los sindicatos lo saben – la decisión no se puede demorar demasiado porque se correría el riesgo de tomarse cuando el efecto shock que ha provocado la norma del Gobierno haya sido asumido y amortiguado.

No es un reto fácil, en contra tienen los sindicatos numerosos factores. Uno de ellos, la desconfianza en que tanto la convocatoria de hoy como una eventual huelga general tengan utilidad. No es realista confiar en que el Gobierno va a introducir cambios sustanciales en la reforma laboral a pesar del tono dialogante y conciliador que ahora parece exhibir. En todo caso, lo es menos suponer que los introducirá de motu propio y sin exigencia social alguna.

Tampoco ayuda a los sindicatos el resultado de la anterior huelga general, la del 29 de septiembre de 2010, demasiado próxima aún en la memoria como para haber olvidado que su seguimiento fue demasiado magro.

Pero quizá el factor que más juegue en contra de la posibilidad de que las calles de España se llenen hoy de gente expresando su rechazo a la reforma laboral sean los propios sindicatos, que no atraviesan el mejor momento de su historia reciente en nuestro país.

Demasiado burocratizados y convertidos casi en ministerios, los sindicatos han perdido frescura y contacto con la realidad social a la que se deben, al tiempo que se han dormido demasiado a menudo bajo la confortable sombra del poder. 

Su situación es similar a la de los partidos políticos y como ellos necesitan también una redefinición radical de su papel en una época de profundos cambios sociales, políticos y económicos como la actual.

Sin embargo, mientras, ellos son en estos momentos la única herramienta de la que disponen los trabajadores y las clases medias de este país para defenderse democráticamente de la desequilibrada e injusta reforma laboral del Gobierno del PP.

Prueba de ello es la agresiva campaña de criminalización y desprestigio sindical que ha puesto en marcha el círculo mediático próximo al Gobierno nada más expresar los sindicatos su rechazo a la reforma laboral y anunciar la eventualidad de una huelga general. Qué duda cabe de que ésta campaña mediática también jugará en contra del reto al que se enfrentan hoy los sindicatos.

No obstante, nada de eso es capaz de ocultar los desequilibrios de una reforma laboral que deja a los trabajadores inermes ante los empresarios y a estos con casi todo el poder para hacer y deshacer. Una reforma que regala el despido a los empresarios y que, en vez de moderar o regular de manera más estricta la capacidad sindical de negociar las condiciones laborales a través de los convenios colectivos y evitar de ese modo abusos y excesos sindicales, rebana de un tajo décadas de cultura del acuerdo y el consenso entre trabajadores y empresarios que es como decir de paz social y laboral.

Y todo ello tiene como corolario una reforma laboral que no servirá para crear empleo sino, con toda seguridad, para destruirlo. Ni el propio Gobierno lo oculta ya.

Estos son los elementos principales a tener en cuenta para decidir si la convocatoria de hoy en contra de la reforma laboral merece apoyo y respaldo más allá de los recelos, el pesimismo, las dudas o la desconfianza sobre la trayectoria sindical de los últimos tiempos en este país. El reto está planteado.

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