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El FMI y los brotes verdes

El sapiente e infalible Fondo Monetario Internacional ha repartido esta tarde urbi et orbe la corrección de sus propias previsiones económicas para este año y el que viene. Tras auscultar a la moribunda economía española ha concluido que el PIB se desplomará este año el 1,6%, que el que viene entraremos en situación de encefalograma plano con un insípido 0,0% y que, sólo y si acaso, empezaremos a crecer en 2015.

Dice también en su informe que el paciente puede que experimente alguna leve mejoría en algún trimestre que otro pero no se librará de recaídas y, en definitiva, de una recuperación lenta y dolorosa. Como si no lo tuviéramos ya bien asumido los que la sufrimos, que cada vez que alguien como el FMI se dedica a jugar con las décimas de crecimiento o decrecimiento de la economía corremos un tupido velo y seguimos a lo nuestro, respirando mientras podamos.

Debería de andarse con tiento la señora Lagarde no vaya a terminar declarada persona non grata en España. La señora de los pañuelos de diseño le ha cogido un gusto excesivo a chamuscar los escuálidos brotes verdes que el Gobierno, la patronal y el Banco de España se empeñan en vendernos hasta el punto de que se permiten la estúpida y ofensiva puerilidad de pugnar sobre si la recuperación llegará por Otoño o por Navidad. Las previsiones de hoy son una enmienda a la totalidad del injustificado optimismo de Rajoy, Baños, Guindos, Linde y otros políticos y empresarios nacionales, autonómicos o mediopensionistas. Semanas llevan proclamando que “lo peor ya ha pasado”, que “hay signos de esperanza” o que “España va mejor”. ¿Dónde? ¿Para quién? ¿Desde cuándo? ¿Ya no hay paro ni exclusión social ni recortes en sanidad y educación ni desahuciados ni preferentistas estafados por banqueros avariciosos ni problemas para conseguir crédito? ¿Quién ha obrado el milagro para elevarlo a los altares?

Seamos serios: un empeoramiento de las previsiones económicas como el que esta tarde ha dado a conocer el FMI no creo que agrave mucho más la situación de los españoles. Del mismo modo tampoco mejoraría gran cosa si se cumplieran las previsiones del Gobierno, por otro lado una y otra vez desmentidas no sólo por los organismos internacionales sino por la tozuda realidad de los datos.

A las depauperadas clases medias y a los trabajadores empobrecidos de este país, unas décimas arriba o abajo en las previsiones del PIB les surten el mismo alivio que a un moribundo un golpecito en la espalda: miren lo bien que nos empieza a ir después de las imprescindibles e inevitables reformas, ya “nadie habla del rescate de España”, nos podemos financiar en los mercados internacionales a precios razonables, nuestros bancos son un primor de solvencia y pronto regarán con sus créditos a las pymes, resolveremos el paro juvenil y garantizaremos las pensiones y la universalidad, calidad y gratuidad de la sanidad, la educación y los servicios sociales.

La cansina y voluntarista cantinela carece de toda credibilidad y, eso sí, llega siempre acompañada del mismo estribillo machacón: es necesario mantener el pulso de las “reformas estructurales”, es decir, continuar administrando el mismo veneno que ha llevado al enfermo al comatoso estado en el que se encuentra.

No está por tanto el dilema en crecer o no crecer unas décimas más o unas décimas menos este año o el que viene, lo diga el Gobierno o el FMI. La verdadera disyuntiva es continuar por el mismo camino hacia el abismo final o cambiar radicalmente de rumbo económico a la vista del no por advertido menos clamoroso fracaso del que se ha seguido desde el inicio de la crisis. Todo lo demás, pura filfa.

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