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Egipto: la primavera traicionada

Si no fuera dramático sería cómico: el Ejército egipcio convertido de la noche a la mañana en garante de la democracia. Las mismas Fuerzas Armadas que han controlado la economía y la política egipcias durante más de medio siglo acaban de dar un golpe de Estado y han derrocado a Mohamed Morsi, el primer presidente democráticamente elegido y lo han hecho apelando a la democracia. Para demostrar que van en serio, nada más tomar la televisión y sacar los tanques a la calle en una innecesaria exhibición de músculo, derogaron la Constitución, disolvieron el Parlamento y detuvieron a todos los miembros del Gobierno, incluido el presidente Morsi de cuyo paradero no se tiene constancia oficial. Toda una lección de democracia, sin duda.

A renglón seguido designaron al presidente del Tribunal Constitucional como presidente interino del país y le marcaron la hoja de ruta: elecciones presidenciales seguidas de legislativas. Los plazos se desconocen de momento aunque ya se los harán saber los mismos que lo han elevado a la presidencia del país. Cumplidos estos deberes inaplazables han iniciado la caza de los principales líderes de los Hermanos Musulmanes, la organización de la que surgió el partido que llevó a Morsi a la victoria electoral de 2012.

Pensar que las revueltas de hace dos años y medio en Egipto o Túnez conocidas ya por la Historia como “primavera árabe” desembocarían rápidamente en regímenes democráticos fuertes es pecar como mínimo de ingenuidad. Desde Naser a Mubarak pasando por Sadat, los militares han sido los verdaderos protagonistas de la historia reciente de Egipto. De ellos ha sido el poder político, económico y, por supuesto, militar. Es decir, todo el poder. Y lo siguió siendo tras la caída de Mubarak en la “primavera árabe”, como acaban de poner de manifiesto con el golpe de Estado de ayer.


Ellos, los militares, son de nuevo los que marcan el paso del país después de un levantamiento militar al que se ha llegado por un cúmulo de factores que evidencian la fragilidad extrema de la recién nacida democracia ahora descabezada. Morsi no ha sido el presidente de todos los egipcios que reclamaban quienes en la primavera de 2011 se concentraban en la ya célebre plaza Tahrir de El Cairo para exigir la caída de Mubarak. Ha gobernado más pensando en su hermandad musulmana que en el conjunto del pueblo egipcio y lo ha hecho además como si el triunfo electoral de 2012 fuera un cheque en blanco que le permitía iniciar un proceso islamizador que rechaza buena parte de una sociedad de fuertes raíces laicas. No ha sido capaz tampoco de contrarrestar el poder de las Fuerzas Armadas ni el de un poder judicial infiltrado por los fieles a Mubarak.

En paralelo, la situación económica se ha continuado deteriorando hasta conformar un cóctel explosivo de factores que ha estallado con la población en la calle para exigir la marcha de Morsi. Y lo ha conseguido, aunque a un precio tal vez excesivamente alto para sus propias aspiraciones democráticas. En ese sentido, no deja de ser extraordinariamente paradójico ver a los manifestantes de Tahrir vitoreando un golpe militar que ha acabado de momento con la incipiente democracia egipcia.

Sostienen algunos analistas que lo sucedido es la prueba de la inmadurez democrática del país y, en consecuencia, de su incapacidad para encontrar una salida negociada a la situación creada por Morsi y los Hermanos Musulmanes. Probablemente sea así y puede que hasta lo ocurrido no sea más que un bache en el camino y la democracia termine consolidándose en el país de los faraones. Sin embargo, encargar la misión a los militares no parece la solución más conveniente ni segura para alcanzar ese objetivo.

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