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Totorotas en la nieve

Cuando caen unos cuantos copos de agua nieve nos volvemos locos y lo dejamos todo atrás: trabajo, colegio, el potaje y las actividades extraescolares. Y es que cuando nieva organizamos el peregrinaje a la cumbre de Gran Canaria en menos de lo que se deslíe un carámbano. Nos apasiona tanto chapotear en la nieve, hacer muñequitos poniéndoles un palito a modo de brazos y posándolos sobre el capó del fotingo  a ver si llega a Las Palmas sin que lo derrita el calor del motor, que ni nos paramos a pensar si estamos cometiendo una totorotada. Da igual que los responsables del cabildo se desgañiten en los medios y en las redes sociales recomendando, por favor, que nos lo tomemos con calma y no colapsemos los accesos a la cumbre. Nos da exactamente igual que la Guardia Civil, que seguramente tendrá cosas mucho más importantes que hacer que vigilar nuestras totorotadas, también recomiende precaución a los fitipaldis a los que les encanta derrapar en el hielo y ponga sus coches como parapeto para evitar el paso.

Si nos ponen una valla la quitamos y tiramos millas o malaparcamos el correquetecagas en cualquier cuneta y vamos a pata. ¡Qué no haremos los totorotas por ver la nieve, con lo poco que suele nevar por estas latitudes tropicales y lo rápido que suele desaparecer! Que la señora esté embarazada y a punto de romper aguas no es mayor problema, no vamos a tener tanta mala suerte como para que se nos ponga de parto entre los pinos helados. Tampoco pasa nada por llevar niños de corta edad e incluso bebés, momificados entre bufandas y abrigos y en trance de pescar una pulmonía. La consigna es ¡vamos pa´arriba a ver la nieve! y a ese llamado ancestral quién se puede resistir. 


Los totorotas de la nieve somos una gran familia que compartimos aficiones y filosofía con los totorotas del senderismo que se adentran por barrancos y caminos de cabras aunque haya ola de calor o caigan chuzos de punta. También pertenecen a nuestra cofradía los totorotas de la playa, que ignoran los avisos de peligro y se meten en el mar jugándose la vida y obligando a jugársela a quienes tienen que correr a hacerles el boca a boca sin conocerlos de nada.  Claro que, a veces, a los totorotas de la nieve se nos presentan problemas que nos conducen a profundas reflexiones filosóficas: el coche me patina, no sé dónde estoy, no veo la carretera, por dónde se va a Las Palmas, me tirita hasta el alma, no siento los pies, no me encuentro la chivichanga y así.  Pero no hay de que preocuparse, ya que un totorota nunca pierde el optimismo ni el buen ánimo. Para algo tienen que servir los teléfonos inteligentes con los que nos hacemos esos memorables selfis con una bola de hielo en la mano. Así que por qué no llamamos al 112 o al cabildo o al ayuntamiento o a la Cruz Roja o a la Guardia Civil o a los bomberos o al Ejército de Salvación para que nos vengan a rescatar. 

Para qué están todos esos organismos y servicios sino para rescatar con el dinero de todos a los totorotas de la nieve. Les decimos que hay niños pequeños y mujeres embarazadas y enseguida nos sacan del atolladero. Y si no vienen pronto, grabamos dramáticas imágenes de los bebés llorando y tiritando y las embarazadas a punto de dar a luz y las subimos a las redes sociales poniendo a parir a los servicios de rescate por tardar tanto en socorrernos. Después, una vez rescatados de nosotros mismos, los totorotas compartiremos esas imágenes en los muros de las redes sociales y nos echaremos unas risas recordando la aventura. Si por nuestras totorotadas hemos puesto en riesgo nuestra seguridad y la de quienes nos han venido a sacar del apuro, a quién le importa. Fíjense que incluso hemos conseguido que el cabildo saque los cuartos y esté dispuesto a pagar un servicio de guaguas para ir a ver la nieve "con seguridad". Se ve que le sobra el dinero o le falta tino porque - entre nosotros y sin que se entere nadie - lo que deberían hacer las autoridades es meternos una sanción de esas que te dejan calentito unos cuantos días. Pero no les demos ideas que igual van y nos desgracian la diversión.  Somos totorotas en la nieve, invencibles e inasequibles al desaliento cuando corre la voz de que hay nieve en la cumbre y se activa la consigna: ¡pues vamos pa´arriba!

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